Usuario Anónimo
Login - Registro

Aullichollos
Efemerides Cinefilas
Concurso Evil Within

CRÍTICA DE GUERRA MUNDIAL Z

Por Rubén Pajarón
   
Pocas veces habremos asistido a un parto con tantas complicaciones, es un milagro que al final, tirando de cesárea, episiotomía y dios sabe cuantas velas a cuantos santos, el zombie de Brad Pitt no se haya quedado en un simple cadáver. Para él no ha sido precisamente un camino de rosas, es difícil plantear una Guerra Mundial mientras se lidia con fuego amigo en una guerra de guerrillas donde todo el terreno está minado. Los problemas de producción son harto conocidos; peleas por los derechos, zancadillas financieras, planteamientos difusos, creatividad confusa, sustituciones forzadas, parones, acelerones, recortes inesperados, ampliaciones fuera de tiempo, etc. Por si no fuera poco para desconfiar, basta con echar un rápido vistazo a la plantilla técnica para ver que nada cuadra, desde dirección a postproducción, pasando por guión, arte, fotografía o edición, nadie tiene experiencia en el género de Terror, a excepción del compositor, Marco Beltrami, un dato preocupante tratándose de la mayor superproducción de zombies de la historia.

Mientras los guionistas caían del barco uno tras otro, y hasta el propio escritor de la novela adaptada, Max Brooks, se lanzaba de cabeza con declaraciones poco benévolas, Pitt aguantaba la vela como los músicos del Titanic, confiando ciegamente en su proyecto. Y digo “su proyecto” porque en realidad siempre fue suyo, más allá de quien diera las órdenes desde la silla; surgió de un capricho personal y apostó por él como nunca antes había hecho con una película.

Todo apuntaba a que Guerra Mundial Z iba a ser el fiasco del siglo, incluso su desafortunado marketing parecía empecinado en reforzar esta idea, y quien sabe, puede que esa misma falta de optimismo y expectativas haya sido un arma de doble filo, porque si bien no es una obra maestra del género, Guerra Mundial Z se alza por encima de la ingente morralla zombie que nos hemos comido en los últimos años. Eso, o que simplemente es una buena película.

La historia, más que libremente adaptada de la novela (podría decirse inspirada, más que basada), relata una invasión zombie a gran escala por todo el planeta en menos de un pestañeo. El caos comienza en Filadelfia, con Gerry Lane, su esposa Karin y sus dos hijas en mitad de atasco, siendo sorprendidos por una turba violenta de infectados que además de matar a mordiscos a la gente, hace que esta resucite convertida en más de estos seres. Gerry, ex agente de la ONU con nutrida experiencia en guerras, es forzado a colaborar con el Gobierno en la erradicación de la plaga, a cambio de mantener a salvo a su familia en un portaviones, lejos del alcance de los zombies.

Poco queda del propósito germinal de Brad Pitt de politizar una invasión zombie con fines críticos, y menos aún del arduo trabajo de Max Brooks por documentarla. ¿A qué responde, entonces, el metraje final? En una sola palabra: ACCIÓN. Es cierto que se vislumbra cierta crítica social, y que hay trabajo de campo en el guión, pero la película apuesta claramente por el tercer lado del triángulo, la escenificación de la catástrofe, el lado más crudo de la guerra: la guerra en sí misma. Las secuencias de acción son tensas, intensas y agradecidamente extensas, bien coreografiadas y de buena factura técnica, tanto en efectos físicos como digitales; sin duda conforman el punto más fuerte de la película, sin desmerecer las partes más pausadas, que aguantan el ritmo gracias a un guión ágil repartido entre atinadas pinceladas de drama, suspense, ternura y humor.

La caracterización de los zombies, más allá de su aspecto, también es positiva, y lo dice un férreo detractor de los zombies atletas (aunque Guerra Mundial Z también incluye zombies lentos, y razona el porqué de sus estados). A diferencia de la mayoría de exploitations de “28 Días Después”, aquí los zombies no parecen simple gente cabreada con lentillas, su no-muerte resulta mucho más verosímil y turbadora, ya que no muestran ningún aprecio por sus propios cuerpos. Se lanzan como vigas contras parabrisas, se pisan, aplastan y retuercen para hacer castellets, golpean con cualquier parte de su cuerpo, sin hacer distinción entre brazos, piernas o cabeza, se precipitan al vacío sin vacilar, a sabiendas de que el impacto les hará papilla; sus cuerpos son una mera carcasa en la que están atrapados, porque aquí los zombies, más que criaturas, son tratados como una “fuerza” imparable, destructora y completamente deshumanizada.

El propio Brad Pitt, en su labor de actor, se revela como otro pilar sustancial para levantar el proyecto; su interpretación está a la altura de lo que viene siendo habitual en él, y teniendo en cuenta que su protagonismo es absoluto, y que acapara el 90% de los planos, es un valor muy a tener en cuenta (y no sólo desde el prisma femenino). Es algo que cabe señalar, porque esta historia no trata de “el mundo VS zombies”, sino de “Brad Pitt VS zombies”. El tiempo que transcurre en la ficción desde que Gerry es atacado hasta que salva al mundo no llega a una semana, un microlapso en el que nuestro héroe rubio, con su flor en el culo y un imán para los desastres, se enfrenta a hordas de zombies, viaja por medio mundo, encuentra los orígenes de la plaga, sobrevive a hecatombes, salva vidas, descubre la solución al problema y la pone en práctica. ¡Ahí es nada! Sobra decir cual es el aspecto renqueante de la película ¿no? La incoherencia, el abuso de la elipsis y el caos narrativo son daños colaterales de los problemas mentados al principio; la historia se derrama en un revuelto de situaciones dispares que desembocan en una resolución abrupta, claramente impuesta en los despachos, donde la reescritura del guión por parte de Lindelof (el eterno suplente) se antoja demasiado obvia, sin que ello signifique que sea un mal final o que lastre la experiencia. Quizás en formato serie, o complementada con las dos secuelas que pretenden rodar, la credibilidad del conjunto gane enteros, aunque a decir verdad, casi hasta le favorece este desventurado montaje, ya que imprime un entrañable tufillo a serie B en las virtudes propias del blockbuster, y la acerca inconscientemente al estereotipo casposo que tanto nos gusta.

Por suerte para Guerra Mundial Z (y para ti, como espectador), el ritmo y la espectacularidad de la película hacen que el cerebro no necesite hurgar en los varios sinsentidos y agujeros que trascienden en la historia. Es como cuando comes un helado a toda ostia y te da un golpe de frío en la cabeza, porque eso es justamente la película, un helado veraniego cuya sobrecarga de colores, sabores y texturas te obliga a devorarlo a bocados antes de que se te derrita en las manos.

ÚLTIMAS CRÍTICAS

 

HypeMeter: Lo + Buscado

Síguenos en las Redes Sociales