CRÍTICA DE EL BAR

Por Manuel Mañero
 
El Bar es una película que por sencilla activa resortes inmediatos en la obligación del espectador, más aún si está Álex de la Iglesia detrás. El folclore español bebe de muchas otras referencias, pero pocas tan efectivas como un bar en el centro de Madrid en día laborable. Pero como ocurre en su interior anodino y de costumbre, en los relatos que vuelan de un lado a otro de la barra y de la sala, hasta el distintivo de un bar tiene sus limitaciones. Y aunque el director y parte del conocido y habitual reparto se deja mucho en hacer creer otra cosa, la historia que tan bien inicia se desparrama sobre los minutos sin batir ningún récord. Hay un tipo de pretensión oculta tras la trama que queda emborronada, una verdadera lástima que sucede a una primera media hora arrolladora.

Será que el público se ha dejado la garganta demandando nuevas caras en pantalla, revelándose exigente y descreído a cada nueva producción sin novedad; o puede que esos retoques a los protagonistas de siempre sean ahora más necesarios que nunca, o que en la era de los remakes todo parezca una copia de otra cosa. Álex de la Iglesia tiene un algo con Madrid, pero también con Mario Casas o Carmen Machi, que siguen haciendo lo mismo siempre. Ocurre con esa canción que bailas incondicionalmente en agosto y en septiembre ya no puedes ni tatarear por grima y no es menos en el cine. Pero hay gestos, en la trama de El Bar, que ni son nuevos ni, y esto es lo grave, lo pretenden. Con todo y eso, la presentación es magnífica, hay diálogos para guardarse en el bolsillo con cremallera y todavía queda por resolver -el tiempo lo dirá- si la aventura da o no para más. En este caso, podríamos recuperar algo de la fe que guardamos para épocas oscuras y darle otra oportunidad.

Pero El Bar, por encima de la ocurrencia castiza, es un thriller a medio inflar. Jaime Ordóñez, un actor de talento sin medida que sigue esperando su oportunidad, mantiene a flote cada escena mientras el resto revolotea alrededor tomando decisiones extrañas. Con cada incoherencia, uno resetea la idea original y se dice a sí mismo que sí, que quizá él también reaccionaría así en un rincón de Madrid sitiado por una amenaza biológica que sólo lo es tal hacia afuera. Los reclusos, gente con problemas de capital, son los que ceban el caos: tramas apocalípticas que acaban regular tampoco es que falten en las estanterías, incluso con sello español. Blanca Suárez, atípica y de interpretación más fina que en la mayoría de los papeles de su carrera, tira del hilo hasta el final, cuando en las butacas la expectación también ha mutado. Hay acción, hay sangre, hay armas e interrogantes: tiene el sello Álex de la Iglesia, que casi siempre es virtud, y distrae además de divertir a ratos. Valdría mucho más de no ser por lo mencionado, y pese a todo, evita el fuego. Pero ya lo dice el refrán: aquí no se fía, y el que fía no está.

Lo mejor: Blanca Suárez en el papel de superheroína por accidente, la metacrítica social, diálogos para volverse loco y la intriga

Lo peor: Se despeña a partir de la media hora, no encuentra soluciones ni continuidad y naufraga buscando alternativas a actores a los que siempre vemos juntos interpretando los mismos papeles

 
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