CRÍTICA DE LA FORMA DEL AGUA

Por Carlos Marín
 
La forma del agua es, quizás, la mejor película de Guillermo Del Toro. Un romance encajado en la fábula, absorbiendo aquello que le convenga sobre el lenguaje del cuento y transportando, a través de la mirada y el color, al mundo que vive dentro de su poesía. Oighs. Del Toro ha evolucionado sus –muchas- herramientas a través de trabajo duro y artesanía, a niveles del maestro que está a puntito a puntito de hacer su trabajo definitivo.

Baltimore, Estados Unidos, 1960. Eliza, muda de nacimiento, trabaja como limpiadora en una instalación secreta del gobierno. Un día llega un extraño espécimen, mitad hombre mitad anfibio, del que cae perdidamente enamorada. Pero el gobierno americano y el verdadero monstruo que le da servicio quieren un futuro algo más negro para el pobre hombre-pez. Las piezas están colocadas en el tablero: damisela, héroe y monstruo, no necesariamente en el orden que uno pensaría; sí necesariamente en el que el mundo necesita.

Los arquetipos del cuento que tan bien funcionaban en El laberinto del fauno vuelven a entrar en sintonía con los mundos de Guille. El fascista y racista villano; el apoyo de moral difusa; la valiente mujer obrera; la heroína que, más que heroína, es princesa y caballero de leyenda. Es una película de personajes. La afirmación de gran película dentro de una gran filmografía es también la culminación de un casting impecable. Sally Hawkins, Michael Shannon, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, Doug Jones (la criatura) y, en una medida ya habitual, Richard Jenkins. Elegid dos, tres nombres al azar. Y acertarías alguna quiniela de los Oscars.

Sonaba hace un tiempo la noticia de que Del Toro quería rodar su particular romance en blanco y negro, claro homenaje a La mujer y el monstruo. Pero concebirla así es un pecado; de nuevo, el inteligente uso de la paleta de colores y texturas son convertidas en palabras más que herramientas. La película habla por todos los costados: quién está en escena, donde va la cámara, qué objetos-tótem sirven de catalizador y a qué ritmo aterriza la música. Es la artesanía pura, dirigida o delegada a niveles de extrema sintonía. Es, perdón por la metáfora, una sinfonía en Do Mayor. Con monstruos.

La fabulosa fábula que te enamorará, cabreará y hará llorar de puro Stendhal. Una auténtica carta de amor a los sentidos, al complejo y contradictorio sistema que maneja nuestros sentimiento. Cualidades y atributos que resumen su más acertado y sintetizado adjetivo: preciosa. Preciosa con P mayúsculas; PRECIOSA con todas mayúsculas qué coño. Una pequeña obra de arte qué, sin querer ser grande, se acaba convirtiendo en algo enorme. Corran a verla. Su corazón lo agradecerá.

Lo mejor: ser testigo de la completitud y madurez de su director como artista.

Lo peor: llevo dos minutos parado y todavía no lo sé.


 
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