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CRÍTICA DE EL CABO DEL TERROR

Por Miguel Martín
 
Este clásico dirigido por J. Lee Thompson es una buena muestra de thriller psicológico que aguanta imperturbable el paso del tiempo. Hoy sigue inquietando igual que en el momento de su estreno, en gran parte debido a la credibilidad de sus intérpretes y a lo agobiante de su argumento. Los momentos tensos se acumulan a lo largo de su metraje, ya sean por medio de tensión sexual o de tensión criminal (de entre las que sobresale la persecución de la niña por su colegio).

Un ex convicto (Max Cady) se dedica a hacer la vida imposible al abogado (Sam Bowden) que testificó en su contra en el juicio que le llevó a la cárcel. Conocedor de los tejemanejes de la justicia y amparado en la ley, Max Cady acosará de diferentes maneras a la familia del abogado. Esto acrecienta en el espectador la sensación de injusticia e indefensión, y hace propia la impotencia del personaje protagonista. Imposible, por lo tanto, no sentirse identificado con sus circunstancias.

Robert Mitchum, más villano que nunca, saca provecho de sus duras facciones y de su magnetismo personal para dar vida a este personaje carismático y malvado. Sus reacciones violentas, que terminan con violación e incluso asesinato, son rubricados por el acoso sexual al que somete a la hija menor de su rival (clara exposición de pederastia cinematográfica). Los personajes de moral más que dudosa se le daban a Robert Mitchum realmente bien. Este Max Cady se une a su Harry Powell de "La noche del cazador", ambos personajes auténticos iconos del cine de terror.

Gregory Peck interpreta al abogado asediado, reverso un tanto oscuro de su Atticus Finch de "Matar a un ruiseñor". Sin embargo sus acciones están justificadas claramente a ojos del espectador, y su absolución está más que asegurada. ¿Quién no haría todo lo que estuviera en sus manos para defender a su familia?

Años más tarde Martin Scorsese realizaría un interesante aunque excesivo remake, en el que se remarcaba el lado más oscuro del abogado (interpretado para la ocasión por Nick Nolte) y se diluía la enfermiza obsesión de Max Cady por su hija menor al convertirla en una lolita con el sugerente rostro de Juliette Lewis. Lo mejor de la película, el histrionismo de Robert de Niro en el papel de psicópata. Y la aparición en pequeños papeles de los protagonistas de la película original, Gregory Peck y Robert Mitchum.
 
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