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CINE · AULLIDOS

Crítica de Un hombre lobo americano en París (1998)

An American Werewolf in Paris

Crítica de Un hombre lobo americano en París

Con el remake-secuela de Anthony Waller, podríamos entrar en el debate de sí las secuelas de terror son en realidad meros remakes de los filmes originales, ya que repiten el argumento de éstos (a veces hasta la saciedad) con algunas pequeñas variaciones.

Nos situamos en 1997, en plena resurrección del terror. Anthony Waller recuperó el mito del hombre lobo realizando una secuela de Un Hombre Lobo Americano en Londres, según los títulos de crédito "basada en los personajes creados por John Landis".

El primer problema que plantea esa tendencia a realizar una segunda parte décadas después del estreno del ya clásico original, es que el resultado suele ser algo totalmente distinto: no se logra recuperar a todos los responsables de la primera, tanto del equipo artístico como del técnico, y eso se nota. La secuela siempre debe ser inmediata, entre uno y tres años de margen suele ser lo habitual.

Un Hombre Lobo Americano en París sigue los pasos de su antecesora solo que ahora el desarrollo tiene lugar en otra ciudad. Persisten, el tono cómico con las víctimas-zombies, la no utilización de las balas de plata, y las criaturas continúan siendo conscientes de sus ataques (aspectos que la diferencian suficientemente de otra saga, Aullidos). A todo esto hay que sumarle algunas novedades: la licantropía no entiende de sexo, la utilización de sustancias para fomentar las transformaciones en momentos precisos...

Aunque casi dos décadas separan los dos proyectos y los efectos especiales de los licántropos de París son totalmente digitales, destacan demasiado apreciándose la utilización del croma, y no superan las creaciones artesanales de Rick Baker y la sorprendente transformación de David en el salón. Con esto entraríamos en otro tema: los efectos de maquillaje tradicionales frente a las últimas técnicas digitales.