CRÍTICA DE 300

Por Adrián Álvarez
 
Estamos ante una gran película, que está llamada a ser un clásico cuando pasen los años. El género, aunque tradicionalmente se le llama "peplum", no termina de hacer justicia con lo que aquí se cuenta, y habría que acuñar el palabro de superpeplum. 300 es una maravilla visual y, ante todo, una historia mitológica, es decir, que no es un relato de corte realista, sino un cuento transmitido al calor del fuego.

En líneas generales, la historia trata de cómo el rey de Esparta Leónidas, llamado también el León de Esparta, se enfrenta en una batalla suicida, con 300 de sus hombres (su guardia personal), al ejército del Emperador Jerjes, el cual acumula decenas de miles de soldados. En teoría, la derrota tendría que ser aplastante, pero la defensa de los griegos del llamado Paso de las Termópilas les proporciona un punto estratégico con el que hacer frente a las numerosas embestidas del enemigo.

Zack Snyder demuestra con este filme que está llamado a ser uno de los grandes. Si ya demostró gran talento para la barbarie en los arrolladores quince primeros minutos y en algunos pasajes concretos de la imprescindible Amanecer de los Muertos, con 300 rubrica su talento y además, su arrojo para filmar lo que le viene en gana. Es muy de agradecer que en una sociedad donde cada vez se vela más por lo correcto, a veces de forma enfermiza, un director se atreva a mostrar cercenamientos sin echar la cámara a un lado. El tono general de la película es deliberadamente ficticio e incluso anacrónico en ocasiones, y está copiado palmo por palmo del cómic, pero esa atmósfera de irrealidad aumenta la épica a niveles que no se veían desde hacía tiempo en la pantalla grande.

Indagando más en la historia, cualquiera puede pensar que los espartanos quedarán como héroes casi románticos, y que, para colmo, todo tendrá un tufillo pro americano. Nada que ver: los espartanos quedan reflejados constantemente como locos (cuerdos) dispuestos a morir por preservar su libertad, y si hay que sacar una idea general es la de unos hombres libres que se enfrentan a un tirano.

Y si el relato y su forma de plasmarlo son grandiosos, no lo es menos la labor de los actores. Empezando por Gerard Butler, un soberbio Leónidas que llega a dar miedo cuando grita, hasta David Wenham (Dilios), gran narrador de la historia, pasando por un irreconocible Rodrigo Santoro (busquen y comparen en Internet cómo es su Jerjes y cómo es él en realidad), la labor de los actores no tiene mácula.

Quedan dos cosas por destacar. Una, los efectos especiales. El estilo visual, hermano de Sin City, impacta y subraya la historia, y en ningún momento llega a cantar. Dos, la música. Tyler Bates compone un trabajo sobresaliente, que apoya lo que se está viendo y consigue poner los pelos de punta, con una mezcla ecléctica de coros, tambores e incluso guitarra eléctrica, que sorprendentemente no queda fuera de lugar. Piezas como To Victory o Fever Dreams quedarán grabadas en tu oído nada más asomarse sus primeras notas.

Lo mejor: Es una delicia, un caramelo para el cinéfilo y un postre para el espectador general, donde todas las piezas que lo componen encajan a la perfección. Zack Snyder confirma que es un gran director, muy a tener en cuenta. La música de Tyler Bates, de compra obligada.

Lo peor: La accesoria historia de la Reina Gorgo, que si bien es interesante, no tiene demasiada trascendencia. Que por desgracia, intelectuales de pacotilla y defensores de la moral centrarán toda su ira en una película (y elíjase comentario: machista, xenófoba, yanqui, bárbara, incorrecta e históricamente sacrílega) que merece pasar a la historia.
 
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