CRÍTICA DE EL EXORCISTA: EL COMIENZO (VERSIÓN PROHIBIDA)

Por Enrique Abenia
 
Con toda la razón, Ghostface comentó en una ocasión en el foro que "El exorcista", una de las obras cumbre del terror, había envejecido mal. La película sigue teniendo con justo merecimiento el calificativo "de culto", pero el espectador actual está más curtido que el de los setenta y no se asusta tanto con una joven poseída que blasfema y vomita mientras la cabeza le da vueltas. De ahí que los mandamases de Warner quisieran revitalizar la franquicia y adaptarla a los nuevos tiempos con una precuela. Por eso, los estudios encomendaron esta tarea sorprendentemente a Paul Schrader, autor de películas independientes como "La última tentación de Cristo" o "Aflicción".

Como era de esperar, la Warner renegó del resultado final de la película (alegaron que era demasiado intimista y no daba miedo) y encargaron al finés Renny Harlin (director, entre otras, de "Máximo riesgo", "Deep blue sea" o "Cazadores de mentes") para que realizara una versión más truculenta y afín a los gustos del público.

Aunque la carrera comercial de la película de Harlin, pese a sus innumerables carencias, no fue mal del todo, la necesidad de las grandes productoras por seguir ingresando dinero propició que meses después se lanzara en DVD la versión original de Schrader. Si bien ambas películas comparten grandes trazos de guión y el mismo protagonista (un excelente Stellan Skarsgard), mientras Harlin recurre al más trillado terror comercial, Schrader presenta una trama de corte existencial y compleja de ver.

En cierto modo, se entiende la decisión de Hollywood de postergar la película de Schrader, ya que el público general no está acostumbrado a un terror filosófico tan marcado. Pero esto no debe asustar al aficionado al cine, pues tiene la oportunidad de ver una cinta diferente y superior a la que se estrenó en las salas. Por encima de la verborrea religiosa, lo destacable de la película reside en el dilema moral del padre Merrin, al que un suceso del pasado le marcó, y el simbólico mensaje de que el verdadero mal no procede del diablo, sino del propio hombre.
 
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