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CINE · AULLIDOS

Crítica de 10.000 (2008)

10,000 B.C

Crítica de 10.000

Dejando aparte méritos artísticos, que son más bien escasos, Roland Emmerich es uno de esos directores que no engañan a nadie: cuando uno se mete a ver una película de él, sabe que no va a ver algo trascendental, sino fuegos de artificio, espectáculo, cine blockbuster en su más amplio sentido.

Sin embargo, esta 10.000 no llega ni a eso. La historia cuenta como D’Leh (Steven Strait), un joven cazador de mamuts predestinado a juntarse con Evolet (Camilla Belle), la niña de ojos azules cuya leyenda se nos narra, ve el futuro de su tribu truncado por culpa de unos malvados a caballo, que no tienen nada mejor que hacer que raptar a su amada y a algunos de sus conciudadanos para hacerlos servir de esclavos. Su odisea para traerla de vuelta tiene mamuts, un dientes de sable que aparece dos veces en toda la película, una raza de pájaros gigantes carnívoros, varias tribus africanas, una civilización sorpresa, una improbabilísima rebelión e imprecisiones históricas capaces de esbozar una sonrisa en algunos y provocar disparatados suicidios en masa entre los adictos al rigor histórico.

Porque los protagonistas de esta película no son las regulares interpretaciones, donde destaca Cliff Curtis en su papel de líder tribal, sino los tremendos errores que se cometen a lo largo del metraje. Hay errores pequeños, como inventarse un nombre para los mamuts y en cambio, denominar a los dientes de sable tal y como lo hacemos nosotros, cuando la palabra sable es muy posterior: esto se podría perdonar porque, para ser primitivos, hablan muy fluido el inglés; y errores monumentales, temporales y espaciales: en los primeros tendremos anacronismos varios entre los que destacan la aparición de egipcios (¡!), construyendo pirámides (¡¡!!); en los segundos, que un pueblo formado principalmente por caucásicos atraviese una montaña y dé con tribus masais y africanas en general, y que pasen de un clima y ambiente montañoso en el inicio de la película hasta uno tropical, y de ahí a uno desértico, en un lapso de tiempo relativamente pequeño.

Pero es que aun así, es Rolan Emmerich. Te mentalizas que es una superproducción y salvo que seas incapaz de vaciar un poco la cabeza antes de entrar al cine, puedes aceptar cualquier disparate si la película es entretenida. Pero no lo es. Los filmes de Emmerich, salvo alguna excepción, duran mucho pero pasan en un suspiro; 10.000 no llega a las dos horas y te hace sentir que llevas tres. Es bastante pesadita, no ofrece ni la mitad de acción que promete y una de las bazas que más ha jugado de cara a la publicidad, el dichoso dientes de sable, apenas es un figurante. Por si esto no fuera suficiente, su última media hora no tiene ya patadas a la Historia, sino a la dignidad del espectador, con un giro tan estúpido e innecesario que no sabes si llorar o reír señalando la pantalla.

En definitiva, 10.000 es una película irregular, casi aburrida (imperdonable en un Blockbuster), que acumula disparates uno detrás de otro a lo largo de su duración y que sólo servirá para que salgan fugaces debates sobre los anacronismos que la pueblan. Y como si de un mal trago se tratara, “un día nos acordaremos de ella y nos reiremos”.

Lo mejor: Cliff Curtis, la solvencia de algunos efectos especiales, los anacronismos (por las razones equivocadas).

Lo peor: Hablan inglés, pero es que encima los diálogos pecan de reiterativos; la falta de acción y ritmo; su última media hora, donde da igual cómo reacciones, el director se está riendo de ti.