CRÍTICA DE PESADILLA EN ELM STREET (EL ORIGEN)

Por Javier Linares
 
La moda de “remakear” películas de terror populares de los 70 y los 80 sólo tiene tres posibles resultados:

-opción A: que el resultado sea una muy buena película pero incapaz de superar la obra maestra en que se basa, como las nuevas versiones que nos han llegado de Halloween o La matanza de Texas.

-opción B: que el remake ni siquiera se moleste en mejorar un original ya de por sí infumable. Debido a esto nos hemos tenido que tragar versiones horribles de películas ya horribles como Viernes 13 , Cuando llama un extraño o Terror en Amityville.

-opción C: que los responsables del remake se pongan las pilas y el resultado sea una película que no sólo supera a su antecesora sino que se convierte por sí misma en toda una obra maestra del género. Sólo citaré dos títulos que hacen que esta moda de remakear merezca la pena, Amanecer de los muertos y Las colinas tienen ojos.

¿Y en qué opción metemos la nueva versión que ahora nos llega de Pesadilla en Elm Street? Pues vamos a intentar ser justos, no dejarnos llevar por las críticas demoledoras que ha tenido en EEUU, y verla con los ojos más objetivos de los que somos capaces … así que se gana su merecido lugar en la opción A.

Drew Barrymore dio la mejor definición posible de la saga de Pesadilla en Elm Street al principio de Scream: “la primera es buena pero las demás no valen nada”. Los responsables del remake se han tomado esto al pie de la letra y han eliminado el excesivo humor paródico que se adueñó de la serie a partir de la tercera entrega. Han llevado esta nueva aproximación del mito de Freddy Krueger a los terrenos oscuros y sórdidos del original de Wes Craven, y han creado una muy acertada similitud con el cuento de El flautista de Hamelín que, durante buena parte del metraje, hace dudar al espectador sobre si Freddy es ahora es un personaje inocente o culpable.

Se le puede achacar, eso sí, que a las escenas de muerte les falta garra incluso cuando se trata de homenajear todo un clásico como es la muerte de Tina siendo arrastrada por la pared y el techo de su dormitorio mientras se desangra. Pero esto se compensa con una ambientación perfecta que crea más suspense que terror, con unos actores adolescentes que se molestan en actuar y no sólo en morir, y con un Jackie Earle Haley que se impregna del efecto Heath Ledger y consigue que nos olvidemos de Robert Englund desde el primer minuto en que sus nuevas cuchillas aparecen en pantalla.

Obviamente se trata de un remake que lucha con el hecho de que todos, absolutamente todos, conocemos ya al asesino que mata en sueños. Y la película de Craven, hoy por hoy, sigue conservando intacto su poder de aterrorizar por lo que es imposible de superar. Y quizás al remake le falta un poco más de originalidad y le sobran homenajes, pero el caso es que este lavado de cara a Freddy Krueger es una de las nuevas versiones más dignas que nos han llegado, además de respetar al espectador de cine de terror con un producto que reinventa y a la vez se mantiene fiel al hombre del saco más terrorífico del cine moderno. Y eso ya es mucho.

Lo mejor: Jackie Earle Haley y el clímax final en la guardería.

Lo peor: le faltan muertes más elaboradas y terroríficas como las de la película original de Wes Craven.
 
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