CINE · AULLIDOS
Crítica de Little Deaths (2010)
Little Deaths
Crítica de Little Deaths
Es innegable que desde el bombazo de “28 Días Después” de Danny Boyle, Inglaterra se ha venido arriba como no hacía desde los tiempos de la Hammer, hasta llegar a ser hoy por hoy uno de los países más influyentes y relevantes del Cine de Terror, gracias a genialidades como “The Descent”, “Dog Soldiers”, “Creep”, “Triangle”, “Eden Lake”, “The Children”, “Shaun of the Dead”, “The Cottage” o la reciente “Inbred”.
Más próxima al cine independiente y a ratos incluso al experimental, “Little Deaths” podría adscribirse a este marco de “obligatorias”, no tanto por la calidad individual de sus relatos como por su valoración conjunta, que es donde gana puntos por el sofrito de visiones enfermizas, grotescas, originales y arriesgadas que propone.
En líneas generales, y al margen de sus divergentes tramas, los 3 relatos de esta antología británica se apoyan en la simbiosis del duplo sexo/muerte para despertar sensaciones incómodas en el espectador, apelando al morbo de fantasías prohibitivas y reprobables.
Todas las historias cuentan con un decente trabajo de producción y realización en escala ascendente, duran media hora aproximadamente, y en contra de lo acostumbrado en antologías, no sobrevienen encoladas en una historia de fondo ni existe la figura del narrador. A continuación una breve reseña de cada una:
- “House and Home” (Sean Hogan): Richard y Victoria son un matrimonio de clase alta y mentalidad conservadora, que bajo el falso pretexto de la caridad acogen a mendigos para que disfruten de la buena vida por una noche. La intención real, no obstante, dista mucho de su fachada de beatos, y sólo buscan desinhibirse poniendo en práctica sus retorcidas fantasías de tortura, violación y humillación. Pero al igual que ellos, la última mendiga que secuestran no es lo que aparenta, y las tornas van a dar un giro inesperado.
Puede que este flaco esfuerzo por oxigenar la trillada crítica a la hipocresía burguesa constituya el episodio más flojo, en parte por lo lejos que está de conseguirlo, y en parte por el abrupto segundo punto de giro, con una moraleja descolgada que deja un tanto frío.
- “Mutant Tool” (Andrew Parkinson): Jen, prostituta y drogadicta, acude al Dr. Reece para someterse a terapia con la idea de enderezar su vida en compañía de su novio Frank. Las pastillas que le receta el Dr. Reece dan resultado de inmediato, pero Jen desconoce el turbio ingrediente secreto que lo hace posible: semen ordeñado del gigantesco pene de un sujeto experimental de los nazis, que debe alimentarse con sangre de mujeres para poder segregarlo.
Sin duda este tremendo desmadre de sinopsis es lo más llamativo en “Mutant Tool”, junto a lo gráfico y desproporcionado que resulta todo, rizando el rizo con un climax de talante hermafrodita. Por desgracia, todos estos excesos no hacen más que poner en evidencia la poca solidez de sus cimientos narrativos, y el ansia por impactar acaba dejando un sabor de boca agridulce, como de potencial desaprovechado.
- “Bitch” (Simon Rumley): Pete sobrelleva con estoicismo su relación extrema con Claire, basada en el sadomasoquismo, el fetichismo canino, la humillación y una infidelidad desmedida que la chica usa para torturarle psicológicamente. Pero el aguante de Pete esconde una motivación sustanciosa, llevar a cabo la perversa venganza que ha deseado desde hace tanto tiempo.
Con esta historia de perros y “perras”, Rumley pone broche final a “Little Deaths”, y sube la media ligeramente pese a su final templado, que no solo peca de previsible minutos antes de orquestar el hipotético “giro sorpresa”, sino que además, pese a que es bien sabido que la violencia sugerida muchas veces funciona mejor que la explícita, la paciencia de Pete exigía regodearse en un desfogue gráfico compartido con el público con el que pretendía empatizar. En este caso, sarna con gusto no pica.