CRÍTICA DE LOS CHICOS DEL MAÍZ IV: LA REUNIÓN

Por Dario García-Verdugo Vargas
 
Ya sea bajo la identidad de Rachel Keller o Ann Darrow, parece que Naomi Watts posee cierto atractivo que la convierte en presa de villanos y monstruos. Antes de sus dos angustiosas experiencias con Samara y su cinta de video, había tenido que aplacar a otro ser maligno, el niño predicador Josiah.

El departamento de Miramax, Dimension Films, creado hacía tan solo un año -poseedora en la actualidad de los derechos de numerosas sagas- se hizo rápidamente cargo de la producción de la que fue su segunda película: Los Chicos del Maíz 2, distribuyó la tercera parte y en 1996 volvió a tener el control para realizar otra nueva entrega.

A primera vista resulta descabellado comparar una cuarta secuela con la película original, pero sin llegar a ser nada del otro mundo e incluso resultando bastante previsible, el argumento de La Reunión ideado por Stephen Gerger y Greg Spence contiene los suficientes ingredientes para resultar bastante más entretenido que el film dirigido por Fritz Kiersch doce años antes. Los Chicos del Maíz (1984) nunca se ha caracterizado por poseer cierta calidad cinematográfica y gran parte de su popularidad se debe al hecho de estar basada en un relato corto de Stephen King.

A los maizales abonados con sangre, las miradas asesinas y la actitud ausente que manifiestan los niños (que tanto recuerdan a los de El Pueblo de los Malditos) se les suman: las pesadillas de June y la precaria situación de su familia, los problemas en la clínica, el relato de las dos ancianas... que consiguen que el guión no este simplemente limitado al acecho y asesinato de los adultos del lugar.
 
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