Crítica de "El Faro" (****). Una película fascinante, obsesiva, grandilocuente...

Existe una constante en la literatura Lovecraftiana que es tan predominante como los tentáculos, las estrellas y los sueños: el mar. Quizás esta sea una de las claves por las que The Lighthouse (Rogert Eggers, 2019) conecte en el imaginario colectivo como adaptación apócrifa del genio de Providence; enigmas que surgen de lo profundo del océano, leyendas, supersticiones de marineros y una costa capaz de mermar a golpe de oleaje la cordura de sus protagonistas.

Finales del Siglo XIX. Una isla en mitad del océano. Un faro. Y las dos personas que lo cuidarán durante las próximas cuatro semanas: el veterano farero Thomas Wake (Willem Dafoe) y el joven y novato Ephraim Wilson (Robert Pattinson). La relación entre los dos trabajadores, tensa desde el primer día, se verá absorbida por una espiral de alucinaciones, locuras y leyendas del alta mar. ¿Por qué Wake no deja a Wilson acercarse a la luz del faro? ¿Qué significa ese extraño objeto grabado en marfil con forma de sirena? Y, lo más importante: ¿son estos dos hombres lo que en apariencia parecen o hay algo más?



El constante de las olas, el sonido de la bocina del faro, las alucinaciones… Eggers atormenta al espectador como lo hace con sus protagonistas, algo parecido a un gotero que desgasta a pequeños pasos el cráneo, buscando la manera de llegar a lo profundo de sus mentes. En ningún momento la película se plantea tratar una mirada objetiva, ni siquiera se preocupa de entregar respuestas. La relación de estos dos hombres, juntos prácticamente el noventa por ciento del metraje, y la pérdida del a cordura son los verdaderos ámbitos de interés del realizador.

Para ello arrincona la imagen en un precioso formato 4:3 y se adentra con uno de los trabajos de fotografías más apabullantes del año. Complementa con elementos recurrentes (la niebla, las gaviotas, la tormenta) por el que se materializa con raíces en literarias, ya sea el mencionado H.P. Lovecraft o el relacionado Joseph Campbell. El realizador de Nueva Inglaterra impregna el celuloide de una atmosfera particular, malsana, con una textura intocable y un control del lenguaje visual muy deudor del cine europeo del siglo XX (el Vampyr de Dreyer, el Fausto de Murnau, el Iván de Tarkovsky…).

Pero su rico imaginativo y su potencia visual no serían nada sin las dos verdaderas estrellas de la función: Dafoe y Pattinson, que se marcan un duelo interpretativo estrafalario, teatral, por momentos incluso paródico. Los diálogos, fieles al inglés marinero de la época, se convierten en largos y enrevesados insultos, entregados generalmente en un punto medio de rabia, asco y musicalidad. Verlos trabajar es ser testigo de su pérdida de cordura, entregándose al abismo que les ofrece su director sin ningún tipo de miedo o conciencia. Su grandilocuencia y teatralidad son fascinantes, al igual que la decadente relación sobre la que sustentan su amistad/enemistad y por ende a toda la película. Especialmente brillante Robert Pattinson, plantando cara a un monstruo imparable como Dafoe en un verdadero “derby” de interpretaciones.



Apoyado por la cada vez más suicida A24, The Lighthouse irritará sin duda alguna a aquellos que ya les parecieron insoportables los métodos y tempos de La Bruja. Y es que este Robert Eggers juega aún más duro que en su (brillante) ópera prima: sin trama ni género, la película es en realidad un precioso navío devorado por la tormenta; es excesiva, no tiene rumbo, apabulla y carece de ningún tipo de piedad. Es fascinante. Es obsesiva. Es grandilocuente. Es, en resumen, una de las películas más inclasificables, absurdas e hipnóticas del año.


Lo mejor: el duelo interpretativo de los protagonistas.

Lo peor: su atrevida falta de decisión por un género le pasará factura.

Por Carlos Marín.