Crítica de "El Hoyo" (****). Una de las mejores películas de género del año.

El magnífico título dirigido por Galder Gaztelu Urrutia que ha podido verse en el marco del Festival de Sitges
La ciencia-ficción, de todo el abanico del género fantástico, es el que mejor se puede acercar al sol de la metáfora sin quemarse las alas. Black Mirror es un análisis de la actualidad en forma de fenómeno de masas que, a su vez, no es más que otro nieto del fenómeno de masas que ya analizó la sociedad estadounidense en La Dimensión Desonocida. Metropolis (la lucha de clases), La llegada (la comunicación como base de la paz), Robocop (el estado policla), son más ejemplos de que en los márgenes de la scifi la brocha gorda deja de ser un problema, llegando a alcanzar con elementos futuristas auténticos alegatos por la humanidad, la sociedad o la lucha común.

Es por eso que El Hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019) es un éxito. Un rabioso análisis de los privilegios del mundo moderno, concentrados en un espacio minimalista sobre el que exponer las vergüenzas del mundo moderno desde su herramienta más poderosa: el excelente dibujo de sus personajes protagonistas, portadores de la antorcha que ilumina y genera sombras hacia, como ellos mismos exponen, conseguir enviar el “mensaje más importante”.



Poco sabemos de su particular universo. Lo único que queda claro es que existe un lugar, llamado “El Hoyo”, que sirve tanto de prisión como de periodo de pago para obtener beneficios del gobierno. Una estructura vertical en el que un único banquete de comida pasa de nivel a nivel, dejando los restos de cada comida al nivel inferior. Allí despierta su protagonista (Iván Massagué), un joven con ciertos ideales que se enfrentará no solo a sus convicciones, si no a las consecuencias de un ejercicio capaz de hacer salir a los peores demonios de la humanidad.

Todos los “presos” de El Hoyo pueden traer un objeto del exterior. Y no es casualidad que el protagonista se traiga consigo el Quijote; su odisea viaja a veces sobre el camino de la locura, otras veces sobre el idealismo y, en ocasiones, es como ver a un pobre diablo cargando contra los molinos. Pero como en la gran narrativa, el quijotesco protagonista se define tanto por sí mismo por los personajes que encuentra por el camino: compañeros de celda, enemigos del piso de arriba o purria del piso de abajo, exponentes de los aspectos más crudos y violentos de un mundo en lucha por los recursos básicos. No es de extrañar que muchos lleguen a sacar luz sobre sus parecidos con Cube; como aquella, comprime perfectamente los vicios y vicisitudes de la sociedad en pocos, pero precisos dibujos de personaje.

Y, como la ópera prima de Vincenzo Natali, lo hace con un asombro control de sus reglas y narrativa. El complejo funcionamiento del Hoyo se entiende a la perfección, en equilibro entre los personajes que lo exponen (el compañero de celda) y sus acciones (qué pasa cuando guardas comida, qué diferencia hay entre los niveles superiores e inferiores). Es un ejercicio de narrativa cinematográfica extraordinario, plantando en el cerebro del espectador toda la información que debe conocer sin resultar en ningún momento aburrido o reiterativo.

El Hoyo es, posiblemente, una de las mejores películas de género del año. Una fábula minimalista con gran narrativa, mejores personajes, fondo interminable y, a pesar de su negrísimo tono, aspiraciones humanistas. Se mira cara a cara con cualquier de sus coetáneas modernas y, con toda seguridad, se ganará un puesto en la memoria colectiva como esa pequeña joya de la ciencia-ficción que en realidad es.



Lo mejor: lo genial de su concepto y su narrativa, siempre entregando algo nuevo en cada iteración.

Lo peor: que por sus formas acabe siendo más título de culto que éxito.

Por Carlos Marín.

Etiquetas: Sitges 2019