"Jack Ryan": Avance de la segunda temporada que se estrena el 1 de noviembre

El primero de los ocho capítulos de la segunda temporada de Jack Ryan (estreno 1 de noviembre en Amazon Prime) autoriza al fan del personaje de Tom Clancy a fantasear con el orden en el infierno. Arranca despacio, tantea con un prólogo frío al que prosigue una advertencia y va subiendo de temperatura hasta acabar con un golpe de efecto devastador. John Kransinski da continuidad al rol de yuppie conquistado por la acción en una misión, esta vez enteramente ubicua y actualizada, que lleva a Venezuela una conspiración cuyo fin último es, claro, someter la seguridad nacional de Estados Unidos. Y su colaborador más visible y necesario es nada menos que el español Jordi Mollá, en la piel de un Nicolás Maduro alternativo, más estilizado y favorecido -ergo banalmente peor villano-, a quien como en el mundo real, le sirven todos los enemigos del american way of life.

La promesa de producción de la segunda temporada de Jack Ryan no ocultó este destino -la inestabilidad política en Sudamérica-, y queda patente desde este primer capítulo que la apuesta por el debate sobre la democracia en el mundo desarrollado y la escrupulosa organización de quienes apuestan por su destrucción. En los primeros quince minutos del episodio el espectador ya es un defensor airado más de la causa estadounidense. Es prácticamente imposible empatizar con cualquier otra a opción, menos si es este mal enquistado, desde el mismo momento en que el protagonista revela a un grupo de escuchantes cuáles son los planes del crimen comunista contra la estabilidad manifiesta, libre y limpia del primer mundo. Así que una vez volteadas las cartas, sólo queda empezar a eliminar sospechosos, una tarea siempre agradable.

Aunque la acción no es la prioridad de esta primera entrega, es inevitable identificar en este inicio las influencias de las que el productor, Graham Roland, habló en su día, tales como ‘La conversación’ de Coppola (1974) o algunas de las obras de John Le Carré, especialmente ’El espía que surgió del frío’, adaptada en 1965 por Richard Burton. Y por supuesto, una obvia desde casi los -geniales- créditos de apertura como es el ‘Torn Curtain’ (1966) de Hithcock. A partir de ahí se despliega sin ambages el abanico de sutilezas, sospechas y agentes dobles: como Jack Ryan es humano, son humanos sus errores y desde luego lo son las consecuencias de sus actos -y sus reacciones- en el más que accidentado tramo durante el cual visitan al Jefe de Estado venezolano para agotar la vía diplomática de una delicada investigación en curso.

Si bien la temporada 2 de Tom Clancy’s Jack Ryan enmarca su desarrollo en este familiar thriller político de espías, el fatal desenlace del primer episodio hace prever que nada quedará tan a interpretación del espectador como podría sugerirse, y que de nuevo será el juego de simpatías lo que posicione la interpretación del drama. Dicho de otro modo, toda la causa ególatra adherida al discurso central parece salir reforzada en un desenlace que, visto del revés, parece una consecuencia directa de la intromisión en los planes de la ambición. Con estas y otras amenazadas tendrá que lidiar un Krasinski otra vez inmaculado al que, seguro, no le dolerán prendas en echar mano del fuego enemigo toda vez que la causa, además de global, ha pasado a ser estrictamente personal. Como lo es cualquier debate sobre la libertad en el mundo.

Por Manuel Mañero


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