Crítica de "Hell Hole", un título repleto de torpezas para aprovechar las bondades que la tradición cinematográfica le pone en bandeja.
Por Redacción
Publicado el 07/10/2024
El nuevo trabajo del matrimonio responsable de la decente “Hellbender" que ha podido verse en Sitges
Se me ocurren tres buenas razones, así a botepronto, por las que es difícil cagarla con una Creature Feature sobre organismos simbióticos. Primero, la temática es una carta blanca a los diseñadores de monstruos, una invitación al desbarre creativo, libre de la visión antropocéntrica de “disfraz con cremallera a la espalda”. Esto ya ha sido sobradamente demostrado, desde la sublime “The Thing” (1982) de Carpenter, espejo en el que se miran todas (incluida la que nos ocupa), hasta alumnas aventajadas como “Blood Glacier” (2013), “Harbinger Down” (2015), “The Thaw” (2009) o “Superdeep” (2020). Por otro lado, el arraigo de esta temática en el Body Horror amplía el espectro de imaginería perversa, llevando la representación de la violencia a cotas inalcanzables para otros subgéneros. En tercer lugar, el whodunit en contextos de aislamiento, tropo habitual por su idoneidad, enriquece la trama al inyectarle tensión, paranoia y el inevitable vaivén de alianzas, traiciones y revelaciones.
Perdonad el ladrillo, pero es necesario para comprender por qué tiene tanto mérito que John Adams y Toby Poser hayan logrado una película tan fallida, con un rotundo suspenso en cada uno de los puntos.
El matrimonio responsable de la decente “Hellbender” (2021) no ha estado muy fino en su último trabajo. Pero el verdadero problema de “Hell Hole” trasciende su torpeza para aprovechar las bondades que la tradición cinematográfica le pone en bandeja. Es una torpeza generalizada que va más allá de géneros y temáticas, que carcome prácticamente todos los departamentos que dan forma a la película, algo difícil de explicar y aún más de comprender.
En "Hell Hole", un equipo de fracking en Serbia descubre un soldado francés congelado de la época napoleónica, cuyo cuerpo alberga un parásito simbionte de naturaleza desconocida y letal. ¿Intrigante? Claro que sí; lo mismo que decepcionante. Podría verter litros de tinta digital lamentando los personajes unidimensionales, la alarmante falta de atmósfera, la predictibilidad de la trama, el sindios de montaje, el desatino musical, el malogrado diseño de la zooxantela hipertrofiada y los desconcertantes ramalazos cómicos, que, aunque no dan ni para media sonrisa, podrían encontrar consuelo en la provocación, si al menos estuviesen bien ejecutados.
Podría verter litros de tinta digital, motivos hay de sobra, pero no merece la pena hacer leña del árbol caído. Como espectador, sé lo incómodas que resultan las críticas lapidarias. Como espectador, también sé que las críticas hoy día importan un mojón de pato, y que incluso generan el efecto contrario. Si estáis enganchados, como un servidor, al cine de monstruos, la vais a ver, leáis lo que leáis, de quien lo leáis y donde lo leáis.
Lo que sí querría, si me permitís extrapolar, es invitaros a una reflexión. Llevamos media década con la matraca en RRSS de que cada año es el MEJOR año para el género. Afirmaciones que siempre vienen amparadas en mosaicos atiborrados de posters. Una cantidad desmesurada de lanzamientos no es necesariamente una buena noticia; lo que revela un catálogo abultado de títulos es que el cine cada vez es más barato de hacer, y los filtros de calidad cada vez más laxos, puesto que lo prioritario a fecha de hoy es, precisamente, llenar de “contenido” plataformas de streaming y otros canales de exhibición.
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Si la calidad media de los estrenos es, dicho suavemente, mediocre, tal vez deberíamos reconsiderar la arteria por la que tomamos el pulso al género y quizás, ya de paso, relajar la pirotécnica verbal. El autoengaño es feo, pero engañar a los demás es peor.
Por Jedediah.
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