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CINE · AULLIDOS

Crítica de Baskin (2015)

Baskin

Crítica de Baskin

En cierto punto álgido de Baskin uno de los protagonistas ve la mano de Dios acercándose. Un juego de espejos con la mano del Diablo que le traumatizó de pequeño, todo experiencias surrealistas que alimentan su vida y generan los recuerdos más importantes de su existencia -la que recoge esta película. No sé hasta qué punto esto se presenta como un viaje a los infiernos del subconsciente o al del más terrenal terror, pero sí que estoy seguro de algo: Baskin es uno de los mejores referentes al Clive Barker de la nueva carne que hemos presenciado desde aquel canto de cisne titulado El Señor de las Ilusuiones.

El turco Can Evrenol imprime en la retina de la cámara un expresionismo retorcido y aberrante, imágenes potentes que emigran del terreno sensorial y psicológico de su primera mitad hasta una tortura física de dimensiones intimas en la segunda. Cuidadas composiciones y control de la tensión en la escena hacen llamar la atención hacia un director todavía experimental, poco hábil en la sutileza pero capaz de sacar carácter e imaginación como mínimo una vez por escena. Evoca a directores curiosos para con el género como el Rob Zombie de The Lords of Salem, y escenas como las del ritual de apareamiento mantienen un halo muy similar a aquella dimensión de brujería y satanismo.

Fuego lento es la temperatura elegida para contar la historia, una decisión complicada para una película en la que, una vez analizada, no pasa demasiada cosa. Delega esto a su imaginario y a las pesadillas recurrentes de sus protagonistas, cada vez menos cercana al terrenal sentido de la razón y minuto a minuto más próxima a las herramientas que Jodorowsky y el surrealismo cinematográfico proclaman. La digestión es compleja, porque de película de terror al uso no tiene nada; ni en ritmo, ni en trama.

Pero es terror, es puro terror, sin prefabricar ni destilar. Subconsciente, alternativo y muchas veces desagradable, pero el horror al fin y al cabo es la sangre que corre por sus venas. Los elementos que lo forman, a veces de atmósfera, a veces sembrados en un solo e inquietante personaje, son más potenciadores de pesadillas que generadores de sustos. El sudor y olor que emanan sus escenas llega al otro lado sin perder un ápice de su suciedad. Es, en definitiva, tan incómoda de ver como cruel y bella en su maldad.

La espiral que forma Baskin con su disparatada imaginación y sus viajes a lo oscuro del alma la hacen partidaria de un movimiento anclado en el pasado, un resurgimiento del poder de la carne cortada a ritmo de satanismo y de búsqueda de los límites del infierno. Desde Turquía nos tenía que llegar este movimiento de inesperada brillantez pendiente de afilar, un bruto al que guardar un sitio en la estantería de la mente para cuando llegue el siguiente pelotazo, el de verdad, y podamos todos decir: "yo estuve ahí cuando nos enseñó a ver la mano de Dios en el fondo del lago".

Lo mejor: sus potentísimas imágenes, oníricas en su primera mitad y salvajes en la segunda.

Lo peor: la cocción a fuego lento en una trama que, a decir verdad, no cuenta demasiada cosa.