CRÍTICA DE LAS ÚLTIMAS SUPERVIVIENTES

Por Carlos Marín
 
Me gusta mucho que The Final Girls no acabe convirtiéndose en la parodia que no entiende el tipo de película a las que, bueno, parodia. Por un momento casi lo parece, por su virtuosismo casi innecesario en la cámara, la falta de cualquier tipo de violencia explícita y por algunos clichés que, ay, son un poco de turista (ese freak del slasher...). Pero dura poco, porque cuando entra bien en materia se revela como un bonito homenaje no solo al cine de campamento y machete, si no a unos personajes maltratados por norma y que tienen derecho a ser algo más que carne de tijera.

Las Final Girls del título son, en especial, dos de sus protagonistas: las interpretadas por Tassia Farmiga y Malin Akerman. El forzado inicio traumático que las une/separa luego se revela como una bandera no tanto al feminismo y el poder de la mujer en el terror (sería dar demasiadas virtudes a la película), si no más al derecho a la vida que tienen estos pobres personajes marcados de inicio. La película incluso se para para centrar la atención en la consciencia de la muerte y de la impotencia de no poder elegir su destino. Es un curioso momento de reflexión meta que, fuera de los geniales chistes que pueblan el guión, nos da a entender el corazón de la película y que ayudarán a subrayar el conflicto del maravilloso clímax.

Los chistes funcionan y retuercen las normas sin limitarse al slasher, añadiendo las del espacio fílmico y la narrativa. A parte de los diálogos y los personajes absurdos, desafía las normas de la narrativa al estilo que ya proponía El Último Gran Héroe. Todo lo relacionado con los flashbacks o cierto gag sobre la velocidad del fotograma que no desvelaremos la salvan de otros momentos más turísticos e igualan la balanza en el lado del (muy) positivo. No es un ejercicio de autor, faltaría más, pero los continuos guiños y cachondeo sobre el mundo del cine en pantalla le dan un toque de originalidad que vemos muy de tanto en tanto.

Vivimos una época en la que tendemos a mirar al pasado de dos maneras: a veces con nostalgia, a veces por encima del hombro. La de Todd Strauss-Schulson es una de artesano, claramente fuera de los circuitos del terror pero que decide aplicar una dosis de nostalgia mezclada con cariñosa parodia. No sé si esto del metacine sobre el género se va a quedar, pero siempre es estimulante encontrar interpretaciones despreocupadas por la seriedad pero aún así respetuosas con a quien cita, un punto perfecto de comedia en el que subsana el interés comercial con un alma deliciosa de videoclub.

Hay quien la confundirá de manera errónea con una Cabin in the Woods a la que admira desde muy, muy lejos; y que con acierto e inteligencia decide no emular. En aquella encontrábamos de uno de los mejores retratos sobre el cine de terror hecho en décadas; comparada, esta The Final Girls es más un entretenimiento de alto nivel que divertirá al no fan y hará mucha gracia al que sí ame el terror. De dulce previsibilidad porque aún nos la veamos venir la disfrutaremos igual, estamos ante un título de los que provocan más cariño que culto y, muy en el fondo, un retrato con amor de un subgénero que a ratos desconoce pero al que nunca, jamás, buscaría humillar.

Lo mejor: los brillantes chistes sobre el subgénero y la narrativa, mezclado con un punto de vista inusual en los personajes-carnaza.

Lo peor: a veces se entreve su exceso de trasfondo industrial, porque la mirada de un experto en la materia la hubiera catapultado a la gloria.
 
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