CRÍTICA DE GREEN ROOM

Por Carlos Marín
 
La angustia que uno vive viendo Green Room es equivalente a la que viven los pacientes en la sala de espera del dentista. Del de Steve Martin en La Pequeña Tienda de los Horrores, para ser más exactos. Porque el tremendo dolor de muelas y la taquicardia que provoca su visionado son otra muestra del talento de un tal Jeremy Saulnier, capaz de tocar el cielo con esa maravilla neonoir titulada Blue Ruin. Ahora, con este cambio de color, Sualnier acaba buceando entre los mares de la violencia más carnal y el puro instinto de supervivencia.

Como ya jugueteaba en su anterior obra, el color que da título a la película se convierte en el tono que todo inunda e inspira. Si en aquella era un azul metafórico frío y melancólico, en esta el verde que se nos presenta es más cercano al vómito, desagradable, enfermizo. Conecta directo con lo que sienten sus personajes, atrapados en una sala de la que les es imposible salir y sin ningún tipo de solución en el frente. Lo cuidado que está este color dentro de cada uno de los estados y localizaciones que viven sus protagonistas dan muestra del talento de Saulnier, de nuevo, en la realización y la atención por la fotografía.

La violencia que captan sus imágenes es cruda, carnal y desagradable. En una sabia maniobra controla las explosiones de sangre con pulso medido, cuidadoso de que estos casos sean en realidad para escenas culminantes, conscientes de la sensación de peligro con que están construidas. Es esta crudeza medida la que pone el listón alto y nos advierte, cada vez que se produce un intento de escapar o un momento cercano al peligro, que cualquiera puede ser la siguiente víctima y que, de verdad, no va a ser agradable. Punto importante éste, porque da valor al conflicto y, tal como hacen grandes como los Coen, dan sentido y peso a una violencia no gratuita.

El contundente Patrick Stewart no resulta ser lo mejor de un reparto que se deja la piel para que vayamos con ellos hasta el final. Aunque el villano de la función sea esta pieza despiadada de cualquier tipo de humanidad -genial el diálogo con el personaje de Anton Yelchin en la puerta, cambiando el volumen de la voz-, en quien recae el peso del conflicto es en sus más desconocidos protagonistas, exceptuando al citado Yelchin, y al contrapunto neonazi. Macon Blair vuelve a darnos ración de su mirada que vale doscientos lagos haciendo el papel de actor fetiche que, esperemos, repita en cualquier otro color que venga a continuación (¿Red Algo, quizás?).

El papel de un director es el de proporcionar una mirada a la altura del desafío, cosa que cumple este también guionista y director de fotografía capaz de alzarse con una potencia como la que hace años no se veía. Una fuerza vomitada en Green Room, quizás un claro ejemplo de que la violencia puede ser un vehículo para narrar instintos inmersos en la profunda naturaleza humana. La supervivencia, sea del lado del que sea, llevada a sus últimas consecuencias.

Lo mejor: la dirección de Jeremy Saulnier te lleva directo a la angustia que se vive en esa habitación.

Lo peor: me cuesta achacarle alguno, quizás que empieza el meollo sin que te des mucha cuenta.
 
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