CINE · AULLIDOS
Crítica de Bone Tomahawk (2015)
Bone Tomahawk
Crítica de Bone Tomahawk
Mientras se fragua el cambio del primer al segundo acto, Kurt Russell descubre su comisaría hecha un asco y, lo peor de todo, vacía. No es un buen augurio y así lo demuestra su personaje al recoger una silla del suelo, colocarla y darle un golpe seco contra el suelo. Seco, corto y rabioso, las tres musas que mueven la violencia de esta Bone Tomahawk, uno de esos cruces de género tan gloriosos que solo permiten el glorioso oeste americano.
El talento del escritor S. Craig Zahler deslumbra en un parto de personajes digno de los grandes. Los cuatro principales están hilados a la perfección, unidos por un frente común pero mostrando aristas distintas en cada uno de sus espacios. Es una compañía formada por el deber, que mirando al frente y adentrándose en el desierto ya comparten mucho más que cualquier tipo de discurso con monólogos estilizados. Duros como la tierra en la que viven, esta panda de badass acojonados se adentran en un periplo infernal por justicia y valor, héroes pulp al servicio de una trama explosiva.
De brazadas elevadas y avance tectónico, su guión está construido a ritmo de clásico, pero no por ello es reflexivo o concentrado. Los acontecimientos ayudan a entender a los personajes, y la violencia sirve de catalizador para cada uno de los segmentos que viven. Esta última es uno de los elementos más impactantes del film, donde estallan en crudeza, velocidad y firmeza. Cabezas cortadas, extremidades cercenadas, cortes y disparos a bocajarro que gracias a su presentación de las consecuencias y su nula poesía traspasan la pantalla a un nivel visceral.
Es en este punto álgido de violencia donde el cruce de subgéneros sale beneficiado; el viaje en caravana menor, la búsqueda de la niña perdida de Centaruos del Desierto y los asaltos a la cueva del lobo tan del estilo de El Guerrero Número 13 o, perdonad las diferencias, Holocausto Caníbal. Hay incluso un guiño a Depredador tan obvio que no puede hacer más que arrancar sonrisas. Es ahí donde podemos perdonarle todo a la verosimilitud, cuando se revela la novela pulp total que ha estado trabajando todo el rato y con la que compramos las pequeñas licencias que expone.
No se le puede pedir más a la vida: un western de caníbales con una definición de personajes perfectos, aires pulp y dirección maesra. Lo único que inquieta es que sea un debut, tanto por el nivel al que está expuesto como por el vértigo de qué vendrá después. Si bien todavía hay grandes maestros del western actual (los Coen y su True Grit mismamente), e aquí una de las propuestas del género eterno más jugosas e interesantes de los últimos años.
Lo mejor: sus personajes, dirección, actores y, ante todo, el tono pulp que siempre domina.
Lo peor: el arranque de la trama tiene algunos agujeros difíciles de ignorar.