CRÍTICA DE SECUESTRO

Por Manuel Mañero
 
Para encajar en los estándares de thriller matemático, a ‘Secuestro’ sólo le falta un cameo convincente de Liam Neeson. Sofocante y bien pensada secuencia de golpes a lo establecido, la película mantiene el equilibrio sobre una cuerda tendida a kilómetros del suelo entre muchos clichés que atosigan al español criado en la división de poderes. Porque en definitiva ‘Secuestro’, que es una fábula entretenida sobre todo al comienzo, tantea la tolerancia del espectador a la realidad, a menudo indemostrable, de los huecos que dejan los errores humanos. Oriol Paulo y Mar Targarona (‘Los ojos de Julia’) vuelven a ordenar la asfixia y además dirigen a un grupo de actores muy metidos en el papel. Por eso de que lo factible, el desconcierto de los titulares sobre celulosa o píxeles, debe ser más fácil de asumir. Luego toca lo complicado, que es interpretar bien: y aquí hay que hacer el debido aparte.

Blanca Portillo, desmesurada, encaja a la perfección en el mono de batalla de madre coraje de moral blanda. Es un look trabajado que le pega a su mirada, su voz, su agilidad interpretativa. Está francamente inabordable. Y a su alrededor crecen todos los demás, del primero al último, con mención especial al niño, Marc Doménech, protagonista en la primera mitad de cinta y relegado luego por una segunda unidad que coge las riendas de la historia con una determinación fría, estudiadísima. Tanto José Coronado en otro rol perceptible –el de malo a medias- como Paco Manzanedo (‘REC 4’, ‘Omnívoros’) ganan el peso que exige el desarrollo de una historia que se va oscureciendo, a la que le crecen unas alas que el espectador ni imaginaba cuando el guion parecía abocado al final previsto. Esto tiene, como todo en la vida, un perfil bueno y otro un poco menos bueno, y es este segundo impasse el que al final coarta en cierto modo al film en su inicial propósito apenas fingido.

De la que podríamos considerar la primera unidad –aunque el reparto es heterogéneo y muy equilibrado- sobresalen los estribos que acercan la comentada primera mitad de la película, Macarena Gómez y Andrés Herrera, una pareja arrinconada y cautiva de su pasado. Cuando te posicionas, la película te devuelve al punto de partida con un giro que te explota en las manos: te hace replantearte todo como lo haría una miniserie trucada. Pero también pierde esa efectividad necesaria: de hecho, el último tercio de metraje se enroca y plantea tanta batalla moral que al espectador se le hace bola la maldad y acaba por administrar sus simpatías y adversidades casi al tuntún. Ese desapego forzado a los protagonistas al final, y el tiempo que se pierde recapitulando y recogiendo caídos en la batalla entre buenos y malos detiene un tanto la historia, pero funciona. La moraleja cala como cala la realidad: por desasosiego puro.

Lo mejor: un reparto entregado y una intención asfixiante manifiesta que toma diferentes tonos y exige posicionamiento al espectador

Lo peor: la velocidad se dispara justo en la parte de la película más difícil de digerir
 
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