CRÍTICA DE SHIN GODZILLA

Por Carlos Marín
 
Imaginad la sorpresa al ver a políticos japoneses caminar por pasillos del ministerio, intercambiándose papeles, documentos, información crítica a ritmo vertiginoso como metralletas de diálogo. No es un remake asiático de El Ala Oeste de la Casa Blanca; hablan sobre la aparición de una criatura gigantesca que está destrozando Tokyo mientras discuten. Es la enésima adaptación de Godzilla, parece escrita por Aaron Sorkin y se resume como la mejor y más interesante visión del monstruo nipón en décadas.


Shin Godzilla (Hideaki Anno & Shinji Higuchi, 2016) comparte con su versión del 54 la apreciación por la metáfora y la contención de la espectacularidad. Abriendo una nueva saga o línea temporal, vemos la primera aparición del bueno de Goji en el Tokyo de 2016, una sociedad hiperburocratizada que es incapaz de gestionar la aparición de un lagartijo del tamaño de un rascacielos. Mientras crece, muta y destruye lo que se encuentra por el camino, los ministros y gestores del gobierno intentan encontrar una solución acertada al conflicto.

Pero son unos inútiles. "Ten respeto por la burocracia, es la base de la democracia", dicen los responsables de avisar al mundo del monstruo, caminando entre despachos. Al instante cortamos al puerto de Tokyo, con barcos y puentes arrastrados por la marea cuál cruel recreación del tsunami que vivió el país hace pocos años. Y es la base de la realidad donde Shin Godzilla construye su tesis, volviendo a los orígenes: si el Japón de 1954 digería el dolor del ataque nuclear a Nagasaki e Hiroshima, el del 2016 llora por la tragedia de Fukushima. Incluso se atreve a transformar a Godzilla en un reactor a cuatro -bueno, dos- patas, objetivo a enfriar por unos cuantos valientes a los cuales no se les promete volver en vida. Rima con algo, ¿verdad?

Reflejar la realidad es la principal diferencia de este ¿remake? ¿reboot? que es capaz de sacarle los colores a la maquinaria Hollywodiense. Los japoneses demuestran que son los dueños de la criatura por algo y que el kaiju-eiga refleja las luces y las sombres de una sociedad cuadriculada, demasiado acostumbrada al desastre y que asume la culpa y la responsabilidad sin necesidad de discursos grandilocuentes. Allá donde tocaría un discurso del presidente de Estados Unidos se encuentra una amarga reverencia del primer ministro a un líder extranjero. Allá donde debería existir el conflicto romántico es sustituido por el deber, por el "amor al grupo" y por la crítica política a una sociedad hundida por su propio protocolo.

El Godzilla de Gareth Evans sería incapaz de soñar con esta paleta de colores. Ni siquiera en su concepción de la acción, que en esta Shin Godzilla convierte cada ataque en un alarde de originalidad, de homenaje al clásico -escuchar el tema principal de nuevo pone los pelos de punta- y en una oda a la destrucción que le abre los ojos a un espectador acostumbrado a ver Los Ángeles, Nueva York o Washington reducida a escombros cada dos por tres en pantalla. Gojira vuelve a su tierra natal para ponerlo todos para arriba y para hacernos pedir, por enésima vez, que sea el inicio de una nueva saga. Estoy deseando verle partirse de ostias con otra lagartija gigante; y de paso ver cómo reacciona el primer ministro en funcionesa esto.

Lo mejor: como vuelve a la metáfora social, su pulso narrativo, su montaje.

Lo peor: veinte minutos de dos horas puede parecer poco Godzilla para el que busque acción.
 
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