CRÍTICA DE TRAIN TO BUSAN

Por Carlos Marín
 
De cómo la surcoreana Train To Busan (Sang-ho Yeon, 2016) consigue trasladar a la perfección el zombie moderno -corredor, adrenalítico y de espíritu lemming- al blockbuster palomitero sin perder una pizca de su característica violencia es algo que algún ejecutivo de Paramount todavía se debe estar preguntando, cual mono rascándose el coco. Porque el viaje apocalíptico que unen Seúl y Busán en el peor tren asiático de la historia desde Snowpiercer (Joon Ho-Bong, 2013) es un buen hacer de emociones, de set-pieces y de espíritu comercial capaz de levantar público especializado y masivo, llegando a los dos por las vías de la emoción y del survival más Emmerechiano (abuf).

Un alto ejecutivo lleva a su hija en el último tren a Busán, para que ésta pueda quedarse con su ex-mujer. Pero no todo es fácil en esta vida y es que estalla el Apocalípsis Zombie pocos minutos antes de que el tren salga a su destino. Como en la ya mencionada película de Joon Ho-Bong, el tren se convierte en un muestreo de población de distintas castas sociales y por las que una serie de arcos dramáticos, tanto positivos como negativos, pasarán y transformarán a los personajes principales de esta historia coral.

Y cada ataque que avanza esta trama y estos arcos es digno de enmarcar: siempre increscendo, siempre diferente y sin dar tiempo al respiro, las piezas de dominó que son -literalmente- los muertos vivientes reducen y se comen metro a metro el espacio hasta ese momento ocupado por los vivos. Una gloriosa metáfora que cuela entre bocados y patadas a la boca unas cuantas revelaciones sobre lo que escondemos en el fondo el ser humano. Simplista pero efectivo; lo dicho, un blockbuster en toda regla.

Casual o no es el acercamiento, una vez pasada el enésimo ataque adrenalítico de rigor, a la crisis de refugiado que está viviendo Europa ahora mismo: un vagón cabecera que no quiere dejar a los demás por miedo a que estén "infectados", que utiliza la ignorancia y se acoge al terrible acto de mirar hacia otro lado frente a aquellas personas que están muriendo a pocos metros de distancia. Casi parece escupirlo a la cara pero dada la distancia y la cultura que separa ambos conflictos uno no puede evitar pensar que el concepto es más casual -o cíclico, porque el ser humano es así- que intencionado.

Quizás uno de los mejores ejemplos de que el zombie sirve no solo como elemento de terror, si no que es un complemento perfecto a la disaster movie y al cubo de palomitas. Toda una patada en la boca a un sistema de estudios que ya no sabe como parchear productos y que, embutido en sus test-screenings y su búsqueda de fórmulas, ignora a un país que le está adelantando por la derecha en casi todos los géneros que ellos mismos han parido. Larga vida a Corea del Sur.

Lo mejor: es un blockbuster de pies a la cabeza con zombies comiendo gente.

Lo peor: a veces se pasa de emotiva.
 
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