CRÍTICA DE HELLBOY

Por Jorge Loser
 
El mayor problema del cine de superhéroes actual—además de su cargante ubicuidad— es la poca capacidad de reinvención del modelo y su hipoteca con la taquilla, que acaba traduciéndose en los primeros signos de falta de riesgo y previsibilidad. La tibia reacción a una película notable como Capitana Marvel se puede explicar porque no ofrece nada novedoso que no podamos encontrar en los márgenes de la marca Marvel, sin que esto signifique que a nivel industrial tenga todo el sentido del mundo ese molde, podemos ya percibir los márgenes estéticos y narrativos en los que trabaja en la casa Disney, sin dejar un hueco para la sorpresa.

Por otra parte, la saga Hellboy no había sido tanto un trabajo de puro cómic, sino una concepción híbrida del material original y la visión creativa, rica en sentido de la maravilla y clasicismo, de Guillermo del Toro. Así, pese a la fidelidad de la primera entrega, el personaje acabó demasiado supeditado a las obsesiones steampunk y cinefilia sentimental del autor, olvidando por el camino que en el material original había otros ingredientes. Sin ser, para nada, una mala película, Hellboy 2: el ejército dorado creó una herida entre el director mexicano y Mike Mignola, que acabó en el reboot que tenemos entre manos, una versión mucho más humilde, sucia y sin pretensiones que las dos protagonizadas por Ron Perlman.

Por todo ello, Hellboy de Neil Marshall se postula como uno de los blockbusters más frescos en los últimos años, repitiendo todo el esquema que llevamos viendo en el cine de superhéroes la última década, pero dándole la vuelta en una explosión inaudita de sangre, violencia, monstruos y rock a un ritmo que no da tiempo a respirar. Y por otra parte, ofrece una visión fiel al ADN del personaje, haciendo funcionar a David Harbour como un Hellboy más equilibrado entre el lado diabólico y lo entrañable, a pesar de que la fisionomía de Perlman no es fácil de igualar. Además, la suma de escenas clava muchos de los pasajes de los cómics, con un hilo conductor arbitrario y libre pero muy atento al detalle, los diseños y, en general, a la brutalidad que debe ofrecer una adaptación de tebeos cuyas tramas siempre eran solo una excusa para que Mignola dibujara sus grandes viñetas de acción con el chico demonio zurrando a monstruos.

Es probable que muchos no acaben de conectar con el sentido del espectáculo que propone Marshall. Un planteamiento de suma, en el que la consecución de secuencias siempre ofrece más, convirtiendo la experiencia en un constante buffet libre de cosas que molan, detalles que le interesan y que está seguro de que a cualquier fan de terror también. El director de Dog Soldiers muestra exactamente la misma fascinación por el salvajismo del cine de monstruos que en su debut, sin un ápice de vergüenza por saberse pura serie B macarra, disfrutona y plagada de humor zoquete y gamberradas que van desde la referencia oscura—esa Milla Jovovich Frankenhooker— al aprovechamiento de cada pequeño flashback para crear una pequeña matrioska de películas dentro de la película, con tonos que van desde el pulp de los años 40 a la recreación del Depredador de John McTiernan o el relato de alguna leyenda irlandesa como la del intercambio.

Un experimento parecido al que hizo con Doomsday y el cine postapocalíptico post Mad Max y 1997: Rescate en Nueva York, en el que la lógica narrativa se dejaba llevar al “cuanto más y más grande, mejor”, pero esta vez aplicado al cine de aventura fantástica de Harryhausen, el terror, licantropía, la espada y brujería y la imaginería del Heavy más extremo, en el que a veces parece que las portadas del death metal se dan la mano con Silent Hill y las visiones infernales de Dante. Puede achacársele que todo ese crescendo de momentos tiene un deje demasiado digital, pero en general es bastante competente y casa con el tono festivo que proponen los momentos videocliperos constantes, una jukebox de hard rock usado de forma anacrónica e incesante, como una forma de reivindicar una actitud perdida en el cine comercial, el destrozo en la juguetería y la excitación primaria de ver descuartizar gigantes al compás de guitarras pesadas.

Cuando el plato se sirve sin guarnición o salsa puede resultar tosco, pero la materia prima es buena y no se escatima en ningún momento, y cuando crees que la cinta va a ir tomando el típico volantazo hacia el cierre descubres que hay más en la recámara y al hacer memoria has perdido la cuenta de escenas con las que has estado disfrutando como un auténtico gorrino. El uso del presupuesto opta, eso sí, por limitar el embellecimiento de la fotografía y los planos cortos, con un aspecto un tanto pedestre en relación con lo que estamos acostumbrados a ver en una gran superproducción, pero el aspecto lleno de asperezas le confiere una entidad más tangible y encaminada al ahorro, lo que hace que el despliegue de escenas con más monstruos nunca deje sensación de vacío.

Hellboy certifica que hay vida más allá de los universos compartidos, que las grandes set pieces no están reñidas con lo salvaje y que incluso el típico clímax relativo al cine de catástrofes puede tener nuevos matices de caos y matanza. Un cómic oscuro que rinde pleitesía a su origen al mismo tiempo que construye su propio tono, como si fuera una película de superhéroes dirigida por Conan, el bárbaro. Neil Marshall parece haber cuajado un proyecto soñado, con seres monstruosos, criaturas, ectoplasma con formas grotescas, mitos, leyendas artúricas, tiros, gente destripada, seres infernales, guiños y homenajes ofrecidos con la honestidad de quien ama el fantástico y el horror y está dispuesto a conseguir una pieza de culto para los fans como él. No solo lo ha conseguido, sino que ya estamos esperando la secuela.

NOTA: La valoración de esta película hace referencia a la versión UNCUT de la película.
 
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