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Crítica de 68 Kill (2017)

68 Kill

Crítica de 68 Kill

’68 Kill’ vive entre risas con un ruidoso motor de dos tiempos: el de la más simple fantasía masculina y el de la venganza carnal contra la loca de tu ex. Concepto jodido. ‘Bellflower’, el interesante film de culto del 2011, lo clavaba. La segunda película de Trent Haaga -guionista de ‘Juegos Sucios’ y (sic) ‘El vengador tóxico 4’- no. Probablemente acierte en otros puntos: en chistes que funcionan, en un casting adecuado, en un tono adecuado para su fondo. Pero su brocha gorda, su inquietante misoginia y su amor por el exceso la alejan de la conexión, ejem, “humana” que la metería en el cajón en el que ella misma se quiere clasificar: ‘Jo, qué noche’, ‘Amor a quemarropa’ o la mismísima ‘Juegos Sucios’.

Arrancamos con una imagen paradigmática sobre la película: Chip (Matthew Gray Gubler) observa a su novia, Liza (AnnaLynne McCord), como a una diosa griega. Ella es preciosa. Él está lleno de moratones. Porque Liza está loca y Chip es un calzonazos. Cóctel mortal cuando ella decida robarle 68.000 dólares al cerdo de su cliente y él descubra, entre gargantas abiertas y pistolas cargadas, que Liza quizás no sea el mejor partido si uno quiere llegar a viejo. Comienza así una huída por la America profunda, la de gasolineras y trailer-parks, donde la psycho novia será un ejemplo más de la (sic) locura latente en el monstruo femenino.

Temáticamente no tiene problemas en esconder su discurso. ’68 Kill’ habla de un mundo donde los hombres se rinden frente al sexo contrario, unos pardillos arrastrados por el infantil sentimiento romántico y cuyo destino está sentenciado en la manipulación de la mujer. Porque Liza está loca, pero los dos referentes que se le aparecen a su protagonista potencian aún más esta idea: la mujer perfecta salida de tu mejor fantasía y la lesbiana gótica cuya existencia resulta agresiva para tu masculinidad. Las ropas finales que lleva su protagonista tampoco pueden ser una casualidad. El test de Bechdel explota y Twitter implosiona.

¿Pero es divertida? Lo es. Tiene poco control sobre la violencia, cuando quiere se desata a gusto sobre sus personajes y no tiene miedo a tratar al protagonista cual muñeco al que hostiar para arrancar golosos aplausos. La absurdez de su trama, bebedora del buen subgénero de comedias negras de enredos, quiere caerte bien. Pero a veces se debe pagar con torpes repeticiones de su trama -¿por qué da la sensación de que la película se para en dos o tres ocasiones?-, o con alguna salida de tono dulce, alejada del mundo violento al que pertenece.

Está a tres pasos por detrás de sus coetáneas, sobretodo comparada a la reciente ‘Ya no me siento a gusto en este mundo’. ’68 Kill’, al final, se presenta como una pulp fiction (de adjetivo, en minúsculas) escrita en papel amarillento y con aspiraciones más alzadas de las que en realidad puede ofrecer. Simpática, siempre que no recuerdes su trasfondo, el de un primer juicio sobre la masculinidad que, por torpe, acaba cayendo en el panfleto preocupante del machirulo al que le acaban de romper el corazón.

Lo mejor: su acertado casting y algún que otro momento pasado de roscas.

Lo peor: su retrato con brocha gorda sobre el mundo femenino se acaba comiendo la película.