CINE · AULLIDOS
Crítica de Godzilla vs Kong (2021)
Godzilla vs Kong
Crítica de Godzilla vs Kong
Lo mejor de Godzilla vs Kong es que cuando termina es inevitable sentir que el mundo exterior es mucho más seguro. Claro que es una ilusión que dura apenas un instante, pero la desacomplejada colección de set pieces ultraviolentas de Adam Wingard -que hace un alto en el camino en su carrera como director de género- bien merece una contenida celebración fanática. Godzilla vs Kong es todo lo que parece, pero fundamentalmente una película de monstruos -titanes alfa, nada menos- con la que recordar que el cine fuera del salón sigue ahí, agazapado, esperando su oportunidad.
Esta película finiquita en teoría el MonsteVerse que Warner inició en 2014 con el primer Godzilla contemporáneo, y cuyo punto álgido fue la penúltima entrega (Godzilla: King of the monsters, 2019) en la que el monstruo radiactivo acababa uno con uno con todos los rivales por el cetro titánico -en la que fue una de las películas de monstruos más espectaculares en muchos, muchos años, diretes narrativos aparte-. Pero este clímax contra Kong ha servido también para reivindicar la cinta de Jordan Vogt-Roberts en 2017, enésima revisión del clásico que dibujaba un nuevo gorila gigantesco, al que en esa vez sí empequeñecía un reparto fatalmente desaprovechado.
Godzilla vs Kong no pretende engañar a nadie. Su valor inmediato es su espectacularidad, cumplida con creces, pero como tantas veces ocurre en este tipo de películas -sobre todo las modernas-, parece desdibujado por la obligación de construir un relato. En esta pasan tantas cosas que ninguna de ellas tiene demasiado sentido, y lo que es más importante: no lo necesita. Así, por ejemplo, personajes que al comienzo ocupan buenos minutos de metraje que se insinúa relevante para la trama luego se evaporan cuando se desata el caos. Lo mismo pasa con la unidad de continuidad de películas anteriores (Millie Bobby Brown, Kyle Chandler…), especialmente irrelevante en esta ocasión más que para acompañar a Brian Tyree Henry, el aditivo cómico que desahoga los planos de destrucción.
La batalla entre Godzilla y Kong, en cambio, se presenta por la vía rápida: dos monstruos disputándose la hegemonía. Fin. La competitividad ancestral por el mundo amaga con discurrir por otros terrenos farragosos como la existencia de la Tierra Hueca, una de las alucinaciones preferidas de siempre y que en este caso viene que ni pintado para albergar ese planeta B en el que mora todo lo desconocido y que era, claro, la casa devastada de Kong, ahora relegado a acompañante desmesurado de una humanidad analítica. Profundamente humanizado, el titán selvático se las verá con un Godzilla menos reflexivo que vuelve a la senda del mal por el mal, por mandato primitivo. Dos antagonistas que en las anteriores entregas del MonsterVerse se llevaban medio bien con el hombre no escatiman esta vez en rasgarse la civilización por imponerse.
Sin embargo, se escondió con celo hasta última hora el gran game changer de esta película: la atronadora aunque desconcertante aparición de un tercer monstruo, algo postizo, basado igualmente en un archienemigo clásico de Godzilla y que está directamente diseñado por las cabezas pensantes de la gran corporación semicorrupta que estudia, cuida y cobija a los titanes. Concebido para ser utilizado por la mente humana, este titán sorpresa se revela contra el orden y por supuesto aporta su granito de arena al fin del mundo, provocando que Godzilla y Kong se replanteen su condición de competidores. De todos los easter eggs de la película, este -con monstruos de laboratorio que se escapan y siembran el caos- es el más evidente, aunque hay una escena durante la batalla de los portaaviones que nos devolverá al verano que temimos el mar por primera vez.
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Lo mejor: Dos horas de frenesí con alguna moralina eco-friendly para devolver el pulso a una ventana cinematográfica bajo mínimos.
Lo peor: Los viscosos intentos por parecer otra cosa más compleja de lo que es: una película de monstruos gigantes persiguiéndose.
Por Manuel Mañero.