CRÍTICA DE 3 FROM HELL

Por Carlos Marín
 
Rob Zombie es, probablemente, el director de terror contemporáneo más libre del mercado. Tras su personal infierno bajo las garras de Harvey Weinstein (con el que entregó sus dos majísimas versiones de Halloween), la estrella del rock que lleva dentro lanzó un buen “fuck it” y comenzó a labrar un extraño y delirante camino en su cine: no pediría perdón, no rendiría cuentas a nadie y haría lo que le saliera de las mismísimas entrañas. De esa pataleta salieron, por ejemplo, su viaje al fantaterror europeo (Lords of Salem) o su particular visión del subgénero “blanco humano” (la genial 31). ¿Qué podría pasar con este free Zombie en el inevitable instante que quisiera recuperar su posesión más preciada -los Firefly- para reabrir una saga que parecía bien cerrada?

Los llamados “Renegados del Diablo” han sobrevivido milagrosamente al tiroteo con la policía. A pesar de recibir una ensalada de balas, Ottis, Angel y el Capitán Spaulding siguen respirando para, irónicamente, enfrentarse a un juicio con pena de muerte. Pero nadie cuenta con un cuarto miembro de la familia -el no tan famoso Winslow ‘Foxworth’ Coltrane- y con su escopeta del 37 para liberar de nuevo a las bestias. Un trío reformado (Sid Haig, por motivos obvios, queda fuera), un nuevo apodo y unas ganas irresistibles de dejar un reguero de sangre por cualquier sitio que pisen con sus botas.

Claramente dividida en dos mitades, el tercer capítulo de la saga Firefly juega a invocar a su anterior entrega (todas las secuencias en casa del alcaide son puramente “Renegados…”) y a entregar dosis de nuevos géneros (en su tercio final, directamente el western). Zombie controla de nuevo la cámara con ese ojo animal e inquieto que le caracteriza, entregando set-piece tras set-piece con un constante goteo de tripas, carne cortada y algún que otro (lamentable) disparo digital. De nuevo su control del rodaje y actores es intachable, con una química entre su trío de protagonistas por la que los acompañarías al mismísimo infierno.

Es tremendamente complejo empatizar con unos personajes así, pero le basta con un par de líneas de diálogo para convencerte que esta panda de psicópatas es, en el fondo, una entrañable familia de inadaptados. Se permite incluso jugar con la psicología de Angel (Sheri Moon-Zombie), aún más rota tras su paso por la cárcel, o poner foco en el papel de Otis (Bill Moseley) como la nueva figura paternal de la familia. Sus apuntes irónicos te hacen reír cuando persiguen a una mujer desnuda para acuchillarla, aplaudir cuando se enfrenten a un cartel de narcos con máscaras de wrestling. Lástima que en esta ocasión falte una figura antagonista tan brillante como era el Sheriff Wydell, contrapeso necesario para enfrentar a estos personajes con algún desafío medianamente real.

3 From Hell acaba siendo una película carcelaria, una road-movie y un western psicodélico. Quizás la visión de Rob Zombie sobre (cuidado) Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969), con forajidos, prostitutas y tiroteos en el lejano México. Un tipo libre, que nunca quiso estar acomodado y al que le importa una mierda lo que piense cualquiera que se atreva a juzgarlo. Sus personajes, su criatura, su obra, su mundo. Y, lo mejor de todo: esta vez parece ser que estamos todos invitados.

Lo mejor: la química entre sus personajes y la brillante idea de darle un arco con flechas a Sheri Moon-Zombie.

Lo peor: la falta de un claro antagonista le resta conflicto al asunto.

Por Carlos J. Marin.
 
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