CRÍTICA DE HISTORIAS DE MIEDO PARA CONTAR EN LA OSCURIDAD

Por Jorge Loser
 
La serie de libros de Alvin Schwartz, publicadas primero en España con el sucinto título de Historias de miedo , son pequeños relatos de una página que suelen recoger cuentos populares o leyendas urbanas y las exponen en una narración de tono más literario. Estas historias están destinadas a los niños pero son conocidas por no tener muchos remilgos en presentar las consecuencias de las apariciones de sus fantasmas, monstruos y muertos redivivos. Es decir, son cuentos que suelen acabar mal, con el protagonista que ha descubierto el secreto de turno o cogido lo que no debía, bien muerto. Por ello, cuando se anunció que una serie de libros que llegó a ser censurada por su crudeza iba a tener su adaptación cinematográfica surgió cierto miedo de que no lograran llevar a buen puerto el tenebroso material.

Cuando Guillermo del Toro se hizo con las riendas del proyecto como productor dio la impresión de que el proyecto estaba en buenas manos, más cuando tras la cámara se encuentra André Øvredal, responsable de la estupenda La Autopsia de Jane Doe, pero por otra parte, examinando las producciones del mexicano, se puede rastrear una sala de trofeos más bien escasa, pese a que la mayoría de sus ideas están siempre en la dirección correcta y que su presencia asegura ciertos aspectos de acabado en su lugar. Sin embargo, es también común que el autor de La cumbre escarlata tome originales escalofriantes de culto y los convierta en un producto convencional. Por suerte, con Historias de miedo para contar en la oscuridad no ha pasado lo mismo que en la decepcionante No tengas miedo a la oscuridad, donde un exceso de CGI y una traducción suntuosa de un gótico que debía de ser oscuro y sucio lastraban la reinvención de un tesoro de los 70, pero tampoco se puede decir que haya logrado captar del todo la naturaleza siniestra, extraña y singular de la obra de Schwartz.

Y esto es, principalmente, porque no es una adaptación per sé, sino una operación comercial bastante inteligente con unos títulos arraigados en la cultura popular americana como telón de fondo. Y cuando hablamos de una maniobra comercial nos referimos a que es demasiado obvio que se han tratado de enganchar al fenómeno IT y Stranger Things de forma poco disimulada, ofreciendo una opción más dedicada al público que más se puede reflejar con los chavales que protagonizan estas ficciones, chicos de 12 y 13 años. Esto se traduce en una organización de las historias de los libros como elementos de escenas por separado, cuyo hilo conductor es un libro que escribe historias que se hacen realidad, historias que se basan en, —atención, atención— los miedos atávicos de cada uno de los protagonistas. Es decir, que los cuentos originales son extensiones de apariciones sobre temores infantiles provocados a su vez por otros cuentos, que no deja de ser todo una variación de los poderes del payaso Pennywise o Freddy Krueger.

Para unir todo esto hay una historia que va cementando el baile de espectros, aparecidos y situaciones de terror, que puede ser fácilmente el elemento más flojo del conjunto. Toda este entramado para dar vida a las páginas de los libros no es excesivamente original pero es bastante efectivo, pese a que una simple consecución de historias podría haber dado mejor resultado. Pero la antología pura y dura no se lleva en la gran pantalla y dónde podría haber encajado alguna adaptación más hay tiempo dedicado a algunos lugares comunes de cine preadolescente que no aportan más que un escalón hacia lo rutinario. Pese a que el dibujo de los personajes es necesario y está logrado en los personajes más secundarios —la presentación es estupenda— sobra romance forzado y no deja de recordar a otras aventuras de niños contra monstruos recientes. Se puede decir, claramente, que no es muy diferente en sus ideas a la película Pesadilllas, aunque en su ejecución recuerde más a algunos de los buenos —que los había— episodios de la serie. Tampoco es muy diferentes a El Club de la medianoche, pese a que en algunos momentos juegue peligrosamente en la liga de El alucinante mundo de Norman o Monster House.

Juega a su favor la ambientación en 1968 que le permite algún homenaje al cine de terror de ese año, como La noche de los muertos vivientes, cuya presencia no es testimonial, sino que funciona como juego de refracción de algunos de los temas raciales que la película toca irremediablemente, haciendo bastante hincapié en la presencia constante de Nixon en la televisión, para devolver quizá la pelota al clima político actual, que no puede estar más candente en fechas de este estreno. Guillermo del Toro, un mexicano en Hollywood, no gira la cabeza frente a algo que le toca de cerca y hace su particular homenaje a la importancia de reflejo social del cine de terror, a través del film estandarte de su amigo George Romero. Curiosamente, un homenaje similar al que hace la tercera temporada de Stranger Things. Ambos dos veranos después de su muerte.

Por lo demás, las escenas de terror son intensas, estilizadas y bien construidas, con todos los monstruos basados en las pesadillescas ilustraciones de Stephen Gammell, pese a que no guardan muchas sorpresas bajo la manga más allá de cinco o seis historias icónicas de la colección. Los efectos especiales tienen un fuerte cimiento en los prostéticos y animatronics, pero están combinados de forma bastante efectiva con CGI, lo que hace que la solidez de la producción vaya un paso más allá y deje ver el mimo e interés por parte de sus creadores. El resultado es una peliculita que alterna entre lo atrevido y lo amable, que muestra respeto por su fuente pero no acaba de encontrar el corazón de las Historias de miedo para contar en la oscuridad de su título. Trabajada en su acabado pero mucho más ordinaria de lo que cree ser en el fondo, con, finalmente, más concesiones al imaginario fantasmal de Del Toro que al del folklore que sustenta todas las leyendas que le han servido de inspiración.

Lo mejor: la señora pálida, una creación que perturba de forma innovadora.

Lo peor: la historia matriz y que su empalagoso final de un paso atrás en su convicción escalofriante previa.
 
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