CRÍTICA DE NOCHE DE BODAS

Por Manuel Mañero
 
Aunque antes de lo esperado, es necesario informar sobre el advenimiento de la gran final girl del siglo XXI: Samara Weaving. La australiana («no soy la hermana gemela de Margot Robbie, sólo comparto con ella nacionalidad») colapsa en Ready or Not (Matt Bettinelli-Olpin & Tyler Gillett) frente a las peculiares exigencias de su familia política el día que da el «sí, quiero» a su novio. Este, como es de justicia, guarda este y otros detalles escabrosos para la aventura marital que imagina les aguarda tras la lectura de votos y tan gris ceremonia. En Noche de Bodas (Ready or Not), que es una película salvaje, hay una lectura nada compleja -y por eso tan deliciosamente despiadada- del rol que los aspirantes a casa ajenas desempeñan en las tranquilas y silentes vidas que abordan por el llamado de la naturaleza y un poco también por el decimonónico qué dirán. Como fuere: no sugiere demasiada profundidad, al contrario, aunque pasa por el filtro del humor negro y la casquería cierto rumor sobre el tradicionalismo y el hermetismo familiar de las grandes fortunas. Al fin y al cabo, lo que atraviesa Samara Weaving en Noche de Bodas es una prueba de aptitud y consonancia social, no muy alejada de cualquier otra, pero con ballestas.

El pasado de ambos directores en trabajos del estilo descarnado e irónico (como V/H/S o Southbound) conecta felizmente con esa ascendencia que parece acompañará a Samara Weaving tras abrir al mundo un sinfín de opciones con la prodigiosa The Babysitter (2017), donde la simple parodia evoluciona hacia algo más exigente, en forma de multihomenaje sin perdón, al cine slasher que amenazaba con perderse en la nebulosa forma de las matanzas románticas noventeras. Noche de Bodas (Ready or Not) quiere explorar ese lugar sin molestar pero añade un fundamental: la gamificación. Como resultado del matrimonio, en la noche de bodas la novia debe sacar una carta al azar que decida a qué jugará toda la familia reunida. Y, premio: saca la peor posible. Sobre el descubrimiento de qué lugar ocupará cada miembro de la familia en la persecución resultante por una mansión que se repliega y acaba asfixiando va creciendo la angustia protagonista, consciente del paso que da y de lo que le espera, si sobrevive, al otro lado. Así, el destino acelera la promesa de la muerte y degradación en pareja, como en el retrato familiar al óleo más realista jamás expuesto en una colección privada.

Samara Weaving suma, a la inoportuna emergencia -recuerda muy fugazmente lo que hizo Paco Plaza con Leticia Dolera en REC 3-, una merecida y proclamada autoconsciencia cuando va deshaciéndose de las estrecheces de la tradición. Así, acabamos admirando a una novia a la fuga en deportivas, con el pelo recogido en un moño ensangrentado y numerosas heridas de guerra resultado de los encuentros por los pasillos, pero siempre con suficiente energía como para negarse a pasar a la historia como una bruja. La transparencia de Noche de Bodas la eleva de categoría: no es un cliché, es un espasmo. Una breve aventura, fresca y salpicada de sangre y restos, que inspira un nuevo estándar para el concepto de boda roja. Y no nos engañemos: la protagonista -el repertorio de risas y gritos es demencial- le tiene a sus futuros compañeros de mesa el mismo o peor aprecio, lo que también es un atenuante en su defensa. De entre los secundarios es difícil elegir cuál inspira peor confianza, si el inhóspito Henry Czerny, la oscura Andie MacDowell -increíble cómo soporta los primeros planos en 2019- o el dúo inenerrable que forman, cada uno por su lado, Kristian Bruun y Melanie Scrofano, pagadores de algunos de los mejores gags de toda la cinta.

LO MEJOR:: Samara Weaving ha despertado una bestia y no parece muy convencida de querer apaciguarla. Película festivalera, sangrienta, rápida y divertida sin trampa ni cartón.

LO PEOR:: Como en este caso la honestidad es su principal baza y lo frívolo una fortaleza, únicamente se le podría achacar que no haya aparecido antes en nuestras vidas.
 
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