CINE · AULLIDOS
Crítica de La Cumbre Escarlata (2015)
Crimson Peak
Crítica de La Cumbre Escarlata
"Cuidado con La Cumbre Escarlata", avisa un fantasma consumido por la enfermedad y el dolor, una criatura terrorífica que bajo el mismo siniestro movimiento abraza, acaricia y susurra con melancolía: "Mi Niña...". Y detrás un Guillermo del Toro radical, casi encontrándose a sí mismo, que nos devuelve a senderos conocidos, sazonados con la grandilocuencia y exquisitez del romanticismo clásico. Un movimiento de maestro, capaz de asentar qué película veremos en sus primeros minutos, seguida por otra afirmación en labios de su protagonista pocos minutos después: esta no es una historia de fantasmas; esta es una historia, pero con fantasmas en ella.
Del Toro invoca al mismo tiempo al colorismo en el terror de Mario Bava y al romanticismo en clave de suspense de Daphne de Mourier, un cruce extremo de referencias en el que los personajes viven y suspiran por amor, por temor a la soledad, por miedo a perder todo lo que una vez tuvieron. Todos ellos se aferran a esos sentimientos y adoptan una voz heredada del romanticismo, más grandes que la vida -y la muerte-, de donde salen intocables del petardeo gracias a la fe que tiene su autor por la historia. La escena del Vals y la vela, que en otras manos sería superflua o incluso hortera, tiene una importancia vital bajo los ojos de su director y, en consecuencia, para el espectador al otro lado.
La dirección vive y respira a través de planos abiertos, flotantes y en continuo movimiento, enamorados del mundo en el que viven. El diseño de producción marca de la casa ha vuelto: desde el estudio de un editor de libros hasta la misma Morgue, todo está pasado por el filtro de un Del Toro que no para de alimentarnos con vitaminas para los ojos. La primera vez que llegamos a la mansión es imposible no caer bajo sus pies, querer perderse entre sus pasillos, mirar al cielo través del gran agujero que encumbra su techo.
Los más perjudicados de este laberinto de pasiones son sus protagonistas, delegados a la real estrella de la función que es su director. Son una parte más de la pintura a gran escala, piezas motoras del puzle que se esconden entre capas de arte escénico. Entre ellos vive una Jessica Chastain con el papel más jugoso, no será de extrañar que muchos la condecoren como la mejor de todo el reparto.
Pero nada más lejos de la realidad: La Cumbre Escarlata es ante todo una película de personajes -quizás no de actores-, un misterio envuelto en el halo de romanticismo clásico y las construcciones góticas. No es una historia clásica de fantasmas, ni siquiera abraza el terror; Del Toro sabe quienes son los villanos de verdad y quienes los aliados, volviendo a demostrar su amor absoluto por los monstruos y los desamparados. Sentirse decepcionado por ello es no haber visto la que sería su hermana mayor en todo esto, una pequeña joya titulada El Espinazo del Diablo.
"Cuidado con La Cumbre Escarlata", nos vuelven a repetir en mitad de una película fascinante, apasionada de la historia y la literatura, empeñada en hacernos subir la montaña para ver más allá del pico. No es fácil su escalada, habrá momentos en los que creemos abandonar toda esperanza pero, justo en el momento adecuado, habrá otro peldaño al que agarrarnos. Y cuando llegamos exhaustos, casi sin darnos cuenta a lo más alta de la cumbre lo veremos: un paraje hermoso, de los más bellos que han contemplado el género. Y pondremos los brazos en forma de jarra. Y respiraremos el aire puro. Y daremos gracias, una vez más, por haber vivido al mismo tiempo que un tal Guillermo del Toro.
Lo mejor: La belleza y amor que respira por todos sus poros.
Lo peor: Sus protagonistas quedan algo relegados a causa del apabullante trabajo de su director.