CRÍTICA DE TERMINATOR: DESTINO OSCURO

Por Jorge Loser
 
Los títulos de crédito de Terminator: destino oscuro comienzan con el vídeo de Sara Connor explicando en el psiquiátrico las consecuencias del día del juicio final que vimos en Terminator 2. Cualquiera que recuerde la película recordará la primera aparición del Terminator interpretado por Arnold Schwarzenegger con un uso de la cámara lenta que explicaba el pánico de Connor al volver a encontrarse con el enemigo de la primera entrega. Resulta sintomático que ese momento de uso de slow motion haya quedado tan prendido en el imaginario colectivo y ahora sea uno de los signos clave para entender la diferencia entre aquella y esta nueva entrega de la saga, que busca volver desesperadamente a la fuente para alejarse de las secuelas que han ido tanteando distintos escenarios sobre los que edificar la franquicia de nuevo.

La cámara lenta es importante en esta nueva entrega porque aparece de una forma absolutamente opuesta a la de la película de James Cameron. Es decir, apenas hay momentos de acción en la que no se utilice como impulso dramático, creando una ruptura del límite de la eficiencia y dando un aspecto general de cine de acción de hace una década. El efecto John Woo o Matrix se utiliza tan a discreción que entendemos que si hay algo del estilo del productor es el uso del mismo casting. Y aquí está uno de los mayores problemas de esta nueva entrega, que la dirección, tanto en las escenas de acción como en los momentos de personajes, palidece en comparación no ya solo con la de Cameron, sino con la de la gran mayoría de secuelas. Desde la puesta en escena, alarmantemente televisiva en los espacios cerrados, rica en primeros planos y con un vago sentido de la geografía, hasta el montaje caótico y videoclipero, no demasiado claro en las escenas de lucha, todo indica que esta especie de reboot es un producto adecuado a la peor versión de la realidad del blockbuster actual: el mercado chino y la uniformidad barnizada de cgi y sin aristas de las grandes producciones americanas que quieren aspirar a entrar en su asepsia.

No es difícil adivinar que la intención de Cameron es sacar nuevas películas a partir de esta, que no esconde su condición de remake puro de la primera y segunda entrega, pero en la operación se ha quedado por el camino los pequeños recodos de profundidad y respeto por las raíces de ciencia ficción de su premisa. El argumento cabe en el lomo de una hoja de papel, lo justo para que la acumulación de sus entretenidas escenas de acción tengan un mínimo de sentido. Los diálogos parecen haber sido escritos en piloto automático, volviendo una y otra vez al cuadernillo de lugares comunes, y la subtrama para hacer aparecer en escena a Sarah Connor y al Terminator de Arnie —y todo lo que rodea a su aparición— es, siendo honestos, terrible. Desde luego que Linda Hamilton está estupenda y solo su aparición inicial hace valer la entrada, pero todas sus frases están tan mal escritas como las de los demás personajes.

También luce espectacular como heroína de acción Mackenzie Davis, cuyo personaje es el que más posibilidades ofrece y, junto a Natalia Reyes ayuda a conformar un trío de protagonistas femenino muy potente, sobre todo, tremendamente orgánico y que hace que el matiz del protagonismo de Connor en la saga se convierta ya en canon. La pena es que no acompañe un guion a la altura de su presencia y carisma. El último en llegar a la fiesta es el Terminator malo, una mezcla nada disimulada del de la primera y segunda película que tiene cara de presentador de Bricomanía, de haber salido de comprar del Mercadona antes de ponerse a perseguir a rebeldes de la resistencia. Entre su aspecto poco amenazador y el efecto irreal del cgi, resulta menos terrorífico y amenazante que Robert Patrick o la Terminatrix, a pesar de poder hacer de todo, ser invencible, tener poderes de teletransportación —figurados— y representar a la perfección el espíritu de “todo vale” de la película. El impacto de las pequeñas acciones va perdiendo fuelle por insistencia en los mismos ticks y a base de sobrecarga de la suspensión de la incredulidad. No hay plausibilidad en la acción, todo es un espectáculo plástico y seguro —además de ser una calificación R de las más suaves vistas en los últimos años—, todo se ve desde una distancia en la que no hay implicación.

Con todo, las dos horas y cuarto de este baño de cyborgs son bastante entretenidas y a base de acumulación de escenas de acción encadenadas (todo el tercer acto es un ensamblaje de una misma secuencia sin respiro) logran sobreponerse a su ejercicio de Deux ex machina constante para erigirse como una película disfrutable, a pesar de todo. Sin embargo, esa idea de secuela verdadera, de sacar pecho al tratar de anular las tres que hemos visto antes, recuerda mucho a la decepcionante operación con Halloween (2018), en la que con la presencia del creador original involucrado querían hacer creer el relato de que era “la buena”. Disculpen, pero con reverencias hacia el trabajo de Hamilton y la valentía de hacer una Terminator estrogenada, los robots animatrónicos y escenas de acción de La rebelión de las máquinas siguen siendo más espectaculares y llenas de fisicidad, la premisa de Salvation más audaz y excitante y las ideas de ciencia ficción de Génesis mucho más consistentes que las de Terminator: Destino Oscuro.

Lo mejor: tener de vuelta a Linda Hamilton.

Lo peor: el guion y la dirección de Tim Miller.


 
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