CRÍTICA DE SUMMER CAMP

Por Carlos Marín
 
No es por arrugar la nariz en un momento tan dulce como el del género actual, pero hay un cierta tendencias a estructuras de ritmo que premian la última media hora y abusan de la creación de atmósfera. No pasa esto en Summer Camp, que en apenas veinte minutos encierra a sus protagonistas en mitad del bosque con un problemón de infectados rabiosos importante. Esta disposición a jugar con su espectador da aire a un cine que pide a gritos productos de entretenimiento sin pasar por fórmulas de estudio o sustos en butaca.

Dentro de su mecanismo de giros y recontragiros se esconden un sencillo virus que todo remueva: aquí, los infectados, lo son solo de manera temporal. Este pequeño alterador de la fórmula le es suficiente para descubrirse como un juego entre el espectador y sus protagonistas, una ruleta rusa del subgénero con la que víctima y verdugo cambian de manera continua. Como aquel episodio de Evil Dead II donde Ash se iba y volvía al mundo de los poseídos, el desconcierto de sus personajes provoca que el peligro no solo venga de aquellos que están alterados, sino de los que piensan que un pobre inocente ahora es capaz de arrancarte la cara de un bocado.

Es un acierto su número reducido de protagonistas, fórmula concentrada para evitar la carnaza y el bodycount innecesario. Esto permite un maravilloso reactivo frente a la muerte de sus protagonistas, que se sienten como piezas intocables de una trama que se desmonta para volverse a montar cada vez que tiene ocasión. Muy interesante sentir pánico en momentos como los del establo, donde un personaje que hasta hace nada quería arrancarle la garganta a los demás debe huir como el Diablo de la criatura que acecha en la puerta, sin perder un ápice de empatía por el "perseguido" da igual cual sea su historial.

Su esfuerzo titánico para ser la película "quenopara" se ve recompensado por un pulso adrenalítico al que no da tiempo de darle motivación o búsqueda de agujeros. Es tan frenética, golfa y descarada que hasta la exposición más necesaria (en pleno último tercio) nos da un poquito igual por todo lo disfrutable que ha sido el sinsentido de su locura hasta el momento. Es mucho, mucho más importante lo que hacen sus personajes a continuación de ese instante que la verosimilitud del origen. De nuevo, su pack de protagonistas ayuda a crear este juego de traiciones y decisiones clave para dar salsa a la trama justo en el momento que ha dado lo mejor de sí.

De fiereza admirable y aplauso intenso, Summer Camp es la perfecta película para acelerar un buen tanto las pulsaciones y perderse entre el barro de su salvajismo. Bruta e imperfecta, pero honesta, honesta de narices, el parque de atracciones que se han montado Alberto Marini y su equipo da sentido al término "divertida del carajo" para uno de los entretenimientos de la temporada. Género vivo, deshinibido, cercano, infectado.

Lo mejor: el ritmo-bala, su twist sobre el subgénero y la capacidad para regenerarse en frescura cada pocas escenas.

Lo peor: pensar en ella como un producto más serio la hace caer en agujeros inneceasrios.
 
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