CRÍTICA DE WATCHMEN

Por Adrián Álvarez
 
¿El que está considerado el mejor cómic de la historia es, a su vez, la mejor película basada en un cómic de la historia? La respuesta es no. Por fuera, las similitudes entre novela gráfica y película son abrumadoras, pero el espíritu general tiene considerables fallas. Mientras Zack Snyder se preocupa en trasladar, viñeta a viñeta, el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons, se olvida que la historia de Watchmen es algo más que las aventuras de sus personajes principales: es el relato detallado de la sociedad que dos generaciones de superhéroes cambiaron. Al suprimir subtramas y dejar sólo a los personajes del cartel la película cojea no sólo argumentalmente, sino también en su desarrollo. Pero es que incluso algunos personajes, como Rorsach u Ozymandias, quedan trágicamente desdibujados: del primero se omiten o resuelven de mala manera detalles importantes de su vida, y del segundo… no sabemos prácticamente nada, una lástima dado su vital importancia en la trama principal. Con todo, aunque la película no llega a aburrir, lo citado anteriormente produce un ritmo irregular que puede sacar de quicio a más de uno.

Y aunque el barco esté a punto de hundirse, Snyder consigue salvar algún mueble: Watchmen posee uno de los mejores títulos de crédito que se puedan recordar, y consigue componer un desenlace a la historia capaz de mirar a la cara a su homólogo a pesar de alterarlo por completo.

Entre el acierto y el desastre, se encuentra el diseño de producción exagerado: sea voluntario o no, el vestuario consigue el mismo nivel de ridiculez pretendido en el cómic, pero trasladado al universo del superhéroe cinematográfico, y donde en uno eran mallas chillonas y ridículas, en el otro son trajes de cuero y armaduras de diseño pufo; mientras en el cómic el Doctor Manhattan era una especie de hombre de Vitrubio perfectamente proporcionado, aquí se encuentra un culturista con dotes de actor porno; la violencia estilizada de Gibbons se convierte en ocasiones en un festival gore de efectos visuales.

El resultado de todo es una película que pretende, durante dos horas y cuarenta minutos, ser lo que nunca podrá: la deconstrucción definitiva del superhéroe americano. Se queda en un filme de buena factura, pero con el alma a medias, que se erige como una deconstrucción parcial del superhéroe fílmico.

Lo mejor: Aunque espiritualmente capado, Rorsach; algunos efectos visuales; Tyler Bates, músico, en los escasos momentos que se le deja.

Lo peor: La película cuenta con una selección musical inoportuna en muchos casos, como cuando suenan ’99 Red Ballons’ o ‘Hallelujah’; su fracaso como adaptación al centrarse demasiado en el aspecto y descuidar el espíritu del cómic.
 
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