Crítica de "Annabelle Vuelve a Casa", el nuevo spin-off de "Expediente Warren"

Vivimos la era de los universos compartidos, o lo que es lo mismo, la serialización de la ficción cinematográfica estrenada en la gran pantalla y, como tal , hemos cambiado las diez entregas de una franquicia de éxito por la creación de marcas y escenarios en los que pueden suceder muchas historias que se autoperpetúan y logran hacer vasos comunicantes entre sí. En pleno cierre de la era del infinito de Marvel y florecimiento de una nueva oportunidad para DC, el mundo de los géneros va cogiendo la ola y en el terror se han sustituido las sagas de Freddy y Jason por historias expansivas, en las que una lámpara, o la cadena del váter maldita de una película puede convertirse en la protagonista de una trilogía completa. Así ha sido en el Universo Warren (o Conjuringverso), que en sus dos películas presentaba distintos elementos adyacentes que han dado lugar a otros filmes.

La muñeca maldita de Expediente Warren (2016) ya ha dado para tres, y aunque pueda parecer demasiado, salvo la primera, compone una miniserie bastante digna dentro de su estilo de horror sobrenatural de sustos. Dirigida por el incombustible guionista asalariado del terror Warner, Gary Dauberman, se nota que en su debut ha puesto mucho de su parte para lograr un producto digno, de buen acabado visual y cierta entidad en su ambientación. Lo más importante, tratándose del hombre que escribió la mayor parte de los jumpscares de la nueva IT (2017), es su voluntad en la creación de atmósferas y la exploración geográfica de la casa de los Warren. Una herramienta que sustituye parcialmente a su adicción a los sustos de volumen que, aunque estén más amaestrados, siguen siendo una constante, especialmente cuando se trata de cerrar una escena, sirviendo casi como forma de “agitar y pasar a lo siguiente” algo chapucera que deja algunos de los grandes momentos de Annabelle vuelve a casa un poco desdibujados.



Sin embargo, hay una encantadora visión de sus personajes —una niña, su niñera y su amiga— que, aunque no tengan grandes conflictos ni arcos durante la película, logran trasladar la personalidad de sus estereotipos al periodo en el que transcurre la historia, logrando un tono nada cínico y en donde realmente nos logra poner en la situación de las muchachas, cuando en una noche en la que los Warren se encuentran trabajando la muñeca maldita desencadena todo el desfile de apariciones. ’Annabelle vuelve a casa’ es, como bien han apuntado sus creadores, una especie de ‘Noche en el museo de terror’, dado que lo que se libera es el poder maléfico de la sala de objetos encantados de los Warren, en los que la muñeca tiene un influjo directo y a través de los que consigue que las distintas apariciones le busquen un alma adecuada. En cierta forma es como la clásica película con niñeras, de ‘Halloween’ a ‘Aventuras en la gran ciudad’, en la que el habitual juego bobalicón con lo sobrenatural de fiesta de pijamas desata un escape de entes malignos capturados durante varios años. Un poco al estilo de la máquina que guarda los espectros omnivagantes en ‘Cazafantasmas’, pero en el primer acto de la película.

Quizá lo más interesante de este tercer capítulo de las aventuras malignas de la muñeca real es que sirve como complemento de la primera Expediente Warren, de tal forma que, aunque en la cronología de la saga estos hechos sucedan antes del caso de la granja Harrisville, parece más bien un apéndice de lo que no llegamos a ver. Es decir, cuando en aquella la bruja Bathsheba se servía de la influencia de la muñeca para amenazar a Judy, la hija de los Warren, la cosa quedaba algo difuminada y no llegábamos a ver realmente el peligro en el que está la niña. Puede decirse que este capítulo, además de estar específicamente ligado a la pareja de investigadores —como una especie de Conjuring 1,5—, sirve como ese anexo que nunca llegamos a ver, con la niña enfrentada a la muñeca y a todos los artefactos. Hay muchos detalles dignos de aplauso, como todo el prólogo sacado de un cómic de Creepy, esa deliciosa imaginería de colores y juegos de sombras a lo terror gótico italiano, las apariciones de los múltiples espectros —la novia da el miedo que no provoca La llorona de Warner— e incluso algunos recursos propios de película de los ochenta, como el uso de una grabación de una forma tan delirante como efectiva a nivel visual.


También hay algunos detalles de humor y algunos momentos dignos de comedia; en general tiene una voluntad de entretener y convertirse en tren de la bruja que funciona mejor que en los últimos spin offs de los expedientes. Sin embargo, las tablas en la dirección se notan un poco verdes y hay una tendencia a resolver de forma ruidosa y acelerada que se acaba contagiando al tramo final, que fuerza su anticímax de forma atropellada, cuando estaba a punto de caramelo para un recorrido algo más consistente. Tampoco le sienta bien el uso de ciertos momentos de CGI ni la sobreexposición del demonio de chichinabo de la segunda entrega. Aquella, aun siendo más modesta en su carrusel de monstruos y espectros, sigue teniendo una dirección más sólida y creativa, incluso una aspereza en cuanto al horror mucho más impactante. Annabelle vuelve a casa no mejora el trabajo de Sandberg, pero supone una divertida, honesta y muy sólida conclusión (esperemos) a una trilogía que representa lo mismo que las ensaladas de monstruos de la Universal: un fin de ciclo de un tipo de películas de terror que urge ir saneando con ideas nuevas.

Por Jorge Loser.