CRÍTICA DE NUNCA APAGUES LA LUZ

Por Manuel Mañero
 
Dirigir una película de terror sólo a la oscuridad con un relato tan sencillo como incómodo sugería algo tan obvio, tan predecible, tan esperable, que había que hacerlo muy bien para que dejara algún tipo de sensación importante. ‘Nunca apagues la luz’, la ópera prima de David Sandberg producida entre otros por James Wan tiene en efecto el toque tan familiar de todo lo de Wan, pero con una pizca tenebrosa y muy prometedora. Eso es cosa del director sueco, que antes nos había enseñado rincones sombríos en cortos realmente breves pero con sello propio, como el que sin ir más lejos inspira este film y también perceptible en la fotografía en la que participó activamente. Marca de la casa son los castañeos, los efectos de sonido envolventes desde el silencio más sospechoso o la madera rasgándose. El boom del cine de terror paranormal que ha sublimado Wan está indisimuladamente apoyado en portazos, cuerda frotada y rasgueos a medianoche: la atmósfera cumbre para desalentar el sueño de los fans en épocas de superávit artificial. Desde ‘Silencio desde el mal’ (Dead Silence) hasta este ‘Lights Out’, pasando por supuesto por ‘Insidious’ (donde participó en el montaje), Wan machaca con ciertas fórmulas ambientales tan disciplinadas como efectivas.

‘Nunca apagues la luz’ se hace corta y esto es un plus. No minimalista: corta. Es decir, esperas que la historia continúe. De hecho, si hay algún pero a este debut como director de David Sandberg es la sensación que queda de final precipitado –resta mucha efectividad a su mensaje de salida, potente como se recuerdan pocos en el cine de terror de esta década-, que es justo lo que da a entender que podría acabar derivando en franquicia, idea que el propio Sandberg no descarta. Conviene en cambio no adelantar acontecimientos y disfrutar de lo palpable: la película tiene un aire monstruoso a ‘Babadook’, que convenció y de qué manera a la crítica hace dos años, en lo que respecta al cruce de dramas humanos y terrores infundados se refiere. Hace tiempo que este cine ya no habla de enajenados que ven cosas: hemos pasado a meternos en la piel de familias que sufren cosas, las vean o no. Ahí juega el papel fundamental que comentaba al comienzo la idea original de Sandberg a la hora de administrar planos y luces. Viendo ‘Lights Out’ uno siente, además de los sustos de rigor tan bien planeados por el sonido, el impulso de levantarse e irse un par de veces. Lo ha logrado.

En otro orden de cosas, más allá de que cumpla con creces con lo aterrador, la película está lejos de poder ser considerada una obra maestra porque durante la narración de la historia de sus protagonistas se deja algunos huecos que la velocidad de la vida no rellena. La mayoría de ellos, eso sí, casi imperceptibles y perfectamente perdonables: pero principales cuando de ordenar las escenas y el relato en tu cabeza se trata, partiendo del caos que de por sí es luchar con tu racionalidad ante una historia que precisamente quiere dejarte en blanco. Todo lo demás alrededor, incluyendo algunas trazas de previsibilidad, es casi perfecto. Y aquí hay que hacer una distinción especial a Gabriel Bateman, el niño protagonista, que como aquel de ‘Babadook’, es el que te hace sentir primero. El terror moderno sigue usando de muleta a los críos que se lo creen todo pero que pueden enviarte sus monstruos al hueco que hay debajo de tu cama, viviendo tú en este mundo de adultos tan listos a los que nada amenaza y nada puede hacer daño. ‘Nunca apagues la luz’ abunda en esta moralina: el miedo real no escapa a nadie, y tiene tantos padrinos como víctimas.

Lo mejor: el relato fluido de la película; su fotografía, el sello James Wan y el desenfadado toque a documental / biografía que tan bien resulta por ejemplo en las dos películas de Expediente Warren

Lo peor: algunas lagunas a simple vista insignificantes en la narración y un final abrupto y algo descoordinado que desluce mínimamente el desenlace
 
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