CRÍTICA DE UNDERWATER

Por Jorge Loser
 
No nos engañemos, el subgénero subacuático de ciencia ficción y terror pertenece a la misma familia que los terrores espaciales derivados de Alien, el octavo pasajero. Sí, en un tipo de esas películas están en órbita y juegan con la gravedad, pero en el abismo de la tierra hay un espacio aún más desconocido, porque lo tenemos debajo e ignoramos aún mucho sobre él. Sin embargo, sus reglas en el cine no dejan de ser algo más o menos similar y si en Prometheus van de una nave a otra en trajes de respiración especiales, en Underwater salen con trajes de buzo diseñados como una armadura del juego de mesa Cruzada Estelar o Bioshock.

Pero es de recibo acreditar a los films bajo el agua su propio aroma a agua salada y sus reglas de descompresión y compuertas que deben de ser cerradas para no ser barridos por la presión del agua amenazante y descontrolada. Y esto es lo que ocurre en los primeros minutos de la película de William Eubank, que ofrece aquí su película más palomitera, empezando con una declaración de principios en clave de homenaje a La jungla de cristal que pone al film en movimiento sin esperar a las clásicas escenas de un equipo de científicos y mecánicos desayunando mientras se lanzan puyas y podemos adivinar quién está liado con quien. No, aquí se empieza con un bang y sálvese quien pueda que iremos conociéndolos a medida que aparezcan aquí y allá.

Eliminar todo lo que ya nos sabemos es uno de los trucos de Underwater para presentarnos lo mismo de siempre de una manera más o menos fresca. Un grupo de miembros de una base submarina se ven en una situación de desastre que lleva a una especie de La aventura del Poseidón en las profundidades y, por supuesto, con monstruos. Un momento ¿no es la misma premisa que Deep Rising o Deep Blue Sea? Pues sí, básicamente, y ya adelantamos que no le llega cerca a ese par, lo que no quiere decir que no sea algo interesante y muy entretenido. El problema es que a veces sabemos dónde y cuándo van a pasar ciertas cosas, puesto que hay una buena cantidad de clichés que el guion no se esfuerza en dar una vuelta.

De hecho, hay ocasiones que parece que estemos viendo un remake de Profundidad Seis, Leviathan o, sobre todo, La Grieta, que ya tenía cierta inspiración del relato El templo de H. P. Lovecraft. Y aunque aquí nos falte Pocholo, aquí tenemos a una, cada vez más divina, Kristen Stewart también rubia, aunque sea teñida, que hace un personaje ortodoxo cincelado a partir de Ripley, con más de un homenaje visual con exceso de momentos en ropa interior incluidos. Eubank plantea todo tan bien que cuando llega la hora de la odisea se queda un poco corto en el tratamiento de la tensión, desaprovechando mucho los espacios de agua oscura con las que películas como A 47 metros (2017) logran cortar el miedo que genera.

Tampoco Lo mejora el uso de CGI en todos los exteriores acuáticos que con 80 millones de dólares piden un acabado más digno, especialmente cuando aparecen las criaturas. El filtro de aguas turbias sin luz genera una neblina vaga que no es una excusa, y es probablemente lo más decepcionante, teniendo en cuenta el buen acabado visual de todos los interiores y la vuelta a cierta suciedad en el diseño de producción, normalmente ausente en este tipo de blockbusters un poco pasteurizados para el público de 13 años. Esto hace que su zona intermedia se resienta del impulso inicial, aunque el tramo final recupera algo de músculo y cede el paso a unos minutos que son puro asombro conceptual, llevando la historia más allá de su pequeña concepción de vehículo para su protagonista, gracias a un factor de fantástico que dejará con la boca abierta a cualquier amante del género.

Lo mejor: Kristen Stewart como un personaje de anime viviente, su voluntad de diversión desde el minuto uno y su acadabrante conclusión.

Lo peor: pide a gritos más sangre, el cgi y el suspense diluido de su tramo central.

Por Jorge Loser.
 
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