EL VIOLADOR INFERNAL (1988), de Damián Acosta Esparza

Condenado: Carlos, alias: “El Gato”

Cargos: Asesinar y violar a numerosas personas de sexo indiferente.

Ejecución: Silla eléctrica.

La carrera criminal de “el Gato” no termina en la silla eléctrica, todo lo contrario. En cuanto Carlos muere achicharrado, el mismísimo diablo se le presenta en forma de mujer y hace un trato con él; si desea una segunda oportunidad debe cumplir unas condiciones: renunciar a su religión, seguir asesinando y violando gente, y ofrecerle un sacrificio. A cambio, el diablo lo recompensará haciendo de él “un triunfador”, colmado de riqueza, drogas y placeres infernales. Obviamente “el Gato” ni se lo piensa, está encantado tanto con los requisitos como con las recompensas.

Esta locura de sinopsis viene embutida en uno de los metrajes más roñosos y basuríferos de la historia del cine de explotación, a rebosar de momentos ponzoñosos, inmoralidad, chapuzas técnicas, incompetencia a mansalva, contenido enfermizo, diálogos ofensivos y personajes crapulentos. Ver para creer. Una joya para coprófilos de paladar refinado.