SLEEPSTALKER (1995), de Turi Meyer

Condenado: Anónimo, alias: “The Sandman”

Cargos: Asesinar a 7 familias con hijos. Parricidio.

Ejecución: Cámara de gas.

La infancia del asesino en serie conocido como Sandman (el hombre de arena), comparte los episodios traumáticos habituales de su gremio. Su padre era un borracho maltratador que le daba palizas de continuo. Como el niño lloraba cada vez que le pegaba, su padre decidió coserle la boca. En cuanto tuvo uso de razón, lo primero que hizo fue apuñalar a su padre mortalmente con un trozo de espejo. Su trastorno se agravó al ser adoptado por un predicador diabólico que le empujó a una vida de asesinatos rituales, con la promesa de conseguir a cambio los poderes del demonio. Para ello debía romper con su lado humano, asesinar a su hermano Griffin. Sandman fue masacrando familias hasta encontrar a la que había adoptado a Griffin, pero fue detenido por la Policía justo antes de que consiguiera matarlo. Su ejecución en la Cámara de gas fue solo el inicio de una nueva vida criminal. Las moléculas de su cuerpo se transformaron en arena, haciendo su cuerpo moldeable e invulnerable, una suerte de poderes que le serían útiles para finiquitar su meta: matar a Griffin.

“Sleepstalker” podría definirse como un slasher sobrenatural apenas correcto, poco ambicioso y menos aún inspirado. Meyer desaprovecha el potencial de la idea en una sopa espesa de tópicos y clichés donde todo luce a medio gas, máxime sus efectos digitales, con el inconfundible sinsabor de las producciones pequeñas a mediados de los 90, sin sucumbir al punto del desencanto, pero decepcionante en líneas generales. Remakes, ¿dónde estáis cuando realmente hacéis falta?