Crítica de "Bliss" (****). Toda una orgía de sexo, muerte y violencia.

El título dirigido por Joe Begos se ha convertido en una de las sensaciones de lo que llevamos de Festival de Sitges.
Fuego y sangre en un lienzo a medio trabajar. La imagen del centro parece la de un útero, con una criatura a punto de nacer. Su autora, una artista con claros inicios de falta de inspiración, se planta frente a él congelada. Lo que tiene delante es algo más que un trabajo a medio terminar: es una promesa, un viaje de dolor, gloria y autodestrucción que no solo definirá la película sobre la que se construye su personaje, si no a cualquier creación artística que valga la pena. Bliss (Joe Begos, 2019) planta bien sus semillas para la historia de una frustración que acaba entregando, a base de precisamente fuego, sangre, carne y neón, una perfecta película-metáfora capaz de definir a toda una generación de creadores.

El avatar elegido para tal hazaña es Dezzy (Dora Madison), una pintora independiente de Los Ángeles que vive la peor crisis de su vida. No avanza en su última creación, su agente la acaba de dejar tirada y a su pareja no parece importarle en absoluto nada de lo que le esté pasando. Una nueva droga (también llamada ‘Bliss’), el reencuentro con una vieja amiga y un intercambio de algo más que fluidos lo cambiará todo. ¿Está Dezzy infectada con un extraño virus que le produce una insoportable atracción por la sangre, o es la sustancia que está consumiendo lo que le hace perder la cabeza? Lo único que importa ahora es que su bloqueo creativo ha finalizado, aunque el coste pueda llegar a ser demasiado elevado.



Si las obras de arte son reflejos del alma de sus creadores, Begos parece haber vivido una crisis existencial tan o más importante que la de la protagonista. Es posible que derive de su situación como superviviente de aquel mumblegore de la segunda década de siglo, un movimiento que ha ido elevando (Adam Wingard y sus incursiones por la isla calavera) o destruyendo a cada uno de sus miembros (pocos pasaron de la ópera prima). Aplicada a la metáfora del cuadro, tan simple como efectiva, esa impotencia se acaba convirtiendo en un irónico ascenso a los infiernos. Como si de un anti-retrato de Dorian Gray se tratara, mientras más cerca de la gloria, más consumida y destruida está su autora. La creación, nos grita la película, está construida a base de destrucción.

Esta sentencia conecta con el lenguaje de la obra, un resultado rabioso, hostil, violento e insoportablemente agresivo. Rodada en un crudo 16mm, la película parece un cruce entre el lenguaje underground del primer Abel Ferrara y las violentas grindhouse del estilo de ‘El asesino de la caja de herramientas (Dennis Donnelly, 1978)’. Los largos viajes de noche llenos de grano contrastan con las exageradas explosiones de violencia, auténticos asaltos a un espectador ya de por sí sobreexcitado con impulsos. Rojos, violetas, verdes de neón que aceleran de manera subconsciente el corazón, medidos para meterse en la cabeza de alguien que está perdiendo el control. La cámara incluso se engancha a Dezzy (el primer colocón, el ataque en casa de los camellos, la pistola del baño), acentuando la sensación de pérdida de control. Begos controla el marco con arte y maestría, demostrando lo que ya es intuía en sus primeras incursiones en digital: la puesta en escena es un talento que no solo domina de manera natural, si no que perfecciona a saltos de gigante en cada entrega de su filmografía.



Como un choque en una autopista, cada escena impulsa a la anterior en una orgía de sexo, violencia y muerte hasta llegar a uno de los clímax más catárticos del año. Como buen ejemplar de las llamadas “películas experiencia”, Bliss se traga el subgénero de vampiros y vomita un monstruo vibrante, un viaje al lado más oscuro del artista, sin frenos, control o piedad. Una película pura, salvaje y libre, para un autor al borde del abismo que, como la pobre Dezzy, acaba reencontrando su camino a través de la mejor de sus obras.

Lo mejor: el uso del celuloide y la explotación de todos sus trucos visuales, en especial en su último tramo.

Lo peor: los amantes vampíricos, más MacGuffin que personajes.

Por Carlos Marín.

Etiquetas: Joe Begos - Sitges 2019