Crítica de "Bloodline" (***). El día en que Seann William Scott se conviertió en Serial Killer.

Ya conoces el esquema: hombre de mediana edad, en buena forma, con una familia feliz esconde terrible secreto: es un asesino en serie. El habitante oscuro en su interior le obliga a escapar de noche, cazar delincuentes y ahogar su psicopatía bajo la excusa de justicia. Sí, la serie Dexter (2009-2013) no tiene tantos años y sus exploit, entre los que seguramente se encuentre Bloodline (Henry Jacobson, 2018) no son ninguna novedad. Pero eso no le quita ni un ápice de mérito a una notable cinta de psicópatas que se esfuerza, minuto a minuto y golpe a golpe, en evitar con éxito el aburrimiento por repetición.

Seann William Scott continúa su particular cruzada de esquivar a Stifler (su papel en las dos entregas de Goon son testigo) interpretando a Evan, un asistente social que trabaja ayudando a jóvenes con problemas. Casado con una mujer maravillosa, padre de un recién nacido y con una familia y compañeros que le quieren, parece tenerlo todo… pero no es suficiente. Evan tiene en su interior el hambre de la caza humana, una necesidad que cubre asesinando metódicamente a seres indignos -borrachos, maltratadores, abusadores- que no merecen vivir. Pero su reciente paternidad le hará perder la concentración, cometiendo errores que podrían exponer a la luz su terrible secreto.



Con modales de thriller setentero, Bloodline abre su ventanal de opciones visuales con un homenaje a DePalma que, como dictamina el maestro, roza la parodia: pantallas divididas, lentes partidas, consecución de giros y cuchillos reflectantes. El debutante Henry Jacobson consigue salirse del homenaje con una buena mano en los actores y un montaje picado, a ritmo de sintetizadores, con un tempo que literalmente fluye en pantalla. Secuencias como la de las sesiones con los alumnos o cualquiera de los asesinatos son síntoma de buen gusto, cuidado en la narrativa y atención a lo básico. El peaje a pagar de su primera mitad es, de esta manera, mucho más liviano.

Toda la sección previa al ecuador cuenta todo lo esperado: metodología del asesino, relaciones, conflicto principal, primeros errores, semillas de sospechas… y entonces la película decide hacer algo distinto. No radicalmente distinto, pero sí se posiciona en un agradable espacio de explorar el lado oscuro de los personajes, adoptando un juego detectivesco en atender a sus secundarios como algo más que simples mecanismos de decoración. Es cuando el protagonista se hace un lado cuando la película crece en conjunto, especialmente en toda la carga que llevan sus personajes femeninos.



Un conjunto que deja buen sabor de boca, especialmente en sus sorprendentes y disfrutones minutos finales; conclusiones que no son más que un reflejo de los irónicos valores familiares que sugiere el propio título de la película. No será el producto más nuevo del mercado, pero sus sólidas interpretaciones y su cuidado aspecto visual hacen de Bloodline un pasatiempo perfecto, una pequeña novela negra, cruda, con un curioso sentido del humor y muchos, nunca suficientes, salpicones de sangre.

Lo mejor: Seann William Scott, estupendo serial killer.

Lo peor: la premisa, a pesar de sus pequeños destellos de inspiración, la hemos visto demasiadas veces.

Por Carlos Marín.