Crítica de "The Boy: La Maldición de Brahms"

La continuación del título con muñeco inquietante protagonizada por Katie Holmes
El éxito de la primera The Boy hace unos años se puede explicar porque jugaba con las expectativas del espectador, utilizando algunos trucos del cine gótico sobrenatural que estaba en plena fase de eclosión para darle la vuelta en un reverso inesperado que creó cierta división de opiniones, dando una nueva vida al concepto de muñeco maldito, tan explotado en esta época de Annabelles y Chuckys rebooteados. Lo más atrayente de una continuación de la anterior es que tras su final, planteaba muchas dudas sobre cómo se podía dar continuidad a esa historia y se ha optado casi por una mirada antológica, con la casa como hilo conductor y algunas improvisaciones. Sea como fuere la pasta cayó haciendo sonido de dólar y la secuela se hizo inmediatamente. Algo que es comprensible con la avalancha de títulos con muñecos en los últimos meses, a lo que se le sumaba un concepto que siempre combina bien, el nene malévolo.

Por ello, The Boy: la maldición de Brahms juega a combinar ambos tropos, uniéndose a otras como The Prodigy o Bosque Maldito en su tono de drama de dificultades de maternidad y paranoia con el muñeco creando una mala influencia alrededor. También recupera algunos hallazgos interesantes, claro, de su primera entrega, como la intraestructura de esa casa salida de relatos clásicos oscuros de dobles paredes, pasillos ocultos y misteriosas habitaciones perdidas en el limbo del ladrillo y la madera. Esa exploración de su propia mitología es la mayor baza de la nueva entrega a la que no hay nada que se le pueda achacar en su cambio de dirección, más allá de que el nivel de tensión o suspense que consigue es muchas veces bastante plano, efectivo en ocasiones y sin mucho interés en tratar de enganchar al espectador con algo fresco y que no suene a déjà vu. Algo que va en consonancia con el aspecto lavado de la película, que si bien tiene un tono gris y uso cromático azulado bastante armónico, a veces parece un producto Netflix de viernes sin una gran partida de presupuesto.



Katie Holmes es creíble como una madre absorbida por la paranoia y hace lo que puede para que las líneas menos virtuosas del texto suenen menos manidas en su boca. La idea de la inseguridad dentro de su casa se convierte en su peor enemiga, tras los angustiosos momentos que pasa al inicio de la película —en la que es posiblemente su mejor secuencia—, pero todo ello se traduce en las secuelas en su hijo pequeño, que no se sabe si tiene traumita o está siendo poseído por el muñeco de porcelana. Esa disyuntiva lleva el pulso de The Boy: la maldición de Brahms, deteniéndose demasiado en la colección de clichés de la madre a la que no cree su marido, entre otros, y sin intercalar demasiados momentos de terror entre medias, hasta llegar a un tramo final bastante sorprendente, que le da una nueva vida y dimensión a todo lo que hemos visto, que aunque era moderadamente entretenido, estaba falto de algo más que sospechas y caras compungidas. Algo a considerar, además, es que no hace abuso de jumpscares ni golpes de sonido estridentes, con lo que, en cierta forma, hay una buena película de terror escondida debajo de su moroso compás y un guion que acusa mucho la prisa entre la producción de una película y otra.


Lo mejor: El tramo final y ciertas ideas de la casa y sus laberínticas entrañas.

Lo peor: Aprovecha poco sus virtudes y posibilidades para el terror y prefiere acomodarse en el sofá de los tópicos y el dramita.

Por Jorge Loser.

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